miércoles, 8 de julio de 2009

El árbol rojo


Señora, ¡encontré un árbol rojo! ¡En realidad ví dos! Sí, estaba esperando el colectivo en la avenida Victoria Aguirre de Iguazú, frente al Hospital, y justo del otro lado, en el barrio de los guardaparques, había dos árboles de hojas rojas, ¡todas eran rojas! Les saqué una foto para que vea, ¡son preciosos!
Yo sé que el arbolito que pinté en su clase no estaba bien, porque usted dijo que los árboles no tenían hojas rojas. Y le confieso, hoy con treinta años, que nunca había visto un árbol de hojas rojas hasta ese momento, pero me imaginé uno y lo pinté así. Quiero agradecerle por haberme defendido de las burlas de mis compañeros, y decirme en voz baja que dibujara otro “más lindo y de hojas bien verdes”, como el que estaba en el patio de la escuela, justo del otro lado de la ventana.
Lo hice y mejoré la nota. Pero debo confesarle también que mis lágrimas de gurisito llorón no sólo fueron provocadas por mis compañeros que, como yo, siempre siguieron las instrucciones de la clase de manualidades al pie de la letra, sino también porque yo sinceramente quería que existiera un árbol rojo.
Claro, a los siete años no tenía idea que el árbol Estrella Federal (Ephorbia) quedara en un momento dado con todas sus hojas rojas, o que fuera un árbol, sólo lo había visto como una planta con flores rojas. Entonces seguí, toda mi vida, las reglas que usted tanto nos repetía, a veces con demasiada paciencia: No salgan de los contornos. No pasen las líneas de los renglones. Dejen un margen a la izquierda. No pinten apurados. Usen colores naturales. No rayen al pintar. Las hojas son verdes. El tronco es marrón y el agua es azul, como el cielo. El pasto es verde claro y la calle marrón. Las hormigas negras y los loros verdes.
Por esta paciencia también quiero agradecerle, porque en ese momento no entendía que usted nos estaba preparando para la vida de adultos en este mundo, en el cual, siguiendo las instrucciones que nos dio, me fue muy bien, le cuento, excepto cuando por alguna u otra razón quería pintar algún árbol de color rojo. Afortunadamente, antes de hacerlo me acordaba de lo sucedido en segundo grado y así muchas veces evité que mis compañeros, esta vez mucho más grandes y con mucha más experiencia, se burlaran de mi dibujo.
Sin embargo, por más que recibiera felicitaciones por haber seguido las reglas, en mis papales tuviese buenas notas y fuese considerado un buen empleado, seguía soñando con un árbol rojo, porque en mis días mientras caminaba por la vida veía árboles de hojas amarillas, agua de color marrón y verde, cielos grises, sol violeta, personas negras, amarillas, de marrón claro, y de colores inexplicables, igualmente lindas, bellas, y reales.Hoy encontré un árbol de hojas rojas, señora, todas rojas, y no sólo encontré uno sino dos, y puedo asegurarle que de ahora en más, por más que aconseje con las mismas instrucciones que usted, para que a los chicos les vaya bien en el mundo de los grandes, ya no voy a decirles que pinten las calles de marrón, ni el agua de azul, como el cielo, ni los loros verdes ni las hormigas negras, sino que creen el mundo como lo imaginan y el amor como lo sueñen.

lunes, 22 de junio de 2009

La honestidad de Juan Cruz

Éramos cuatro pasajeros en el colectivo local ese nublado jueves de mayo. En los últimos asientos iba sentado un hombre solo, que viajaba en su mundo, sin más compañía que la vista gris del otro lado de las ventanillas. El resto, otro hombre de unos cuarenta años, Juan Cruz a su lado, y yo, íbamos sentados en los primeros asientos hablando con el chofer, movidos quizás por la parsimonia tan humana de esos días otoñales, más fuertes que la prohibición de diálogo con el que maneja.
Todos veníamos desde la zona hotelera del Kilómetro 5, aunque cuando subí en la parada del barrio Orquídeas ya estaban sentados los otos tres que, como ocurre siempre que hay pocos pasajeros, callan al ver subir a uno más hasta que éste se sienta y se acomoda, y da lugar, o no, a que continúe la charla.
Tal fue nuestro caso, y la charla continuó amena, con temas varios que siempre incluyen el estado del tiempo, con lluvia ahora, pero que ya hacía falta, pero la gente igual se queja, y nada nos conforma, pero qué bueno que las Cataratas tengan agua de acá por lo menos, porque está medio fea la mano, y el colectivo por esta zona anda bien, pero por los barrios de por allá no se puede ni entrar, y salir ni te digo, pero bueno así no más es, pero la gente no ve eso, viste, y sí, todos quieren que les vayan a buscar hasta el frente de su casa, y se quejan de los choferes como si nosotros tenemos que arreglar las calles, pero ustedes también a veces no tienen paciencia, si todos nos ponemos de acuerdo podemos exigir que las calles se arreglen, pero la gente no entiende parece, y siempre elige a los mismos, y mirá nosotros acá peleándonos entre nosotros en vez de hacer algo… y todo terminó siendo la culpa del intendente, como siempre.
Ninguno de nosotros, ni siquiera el solitario del fondo, se percató de la importante presencia de Juan Cruz hasta que llegamos a la altura de la rotonda de ingreso a la ciudad. Tal vez, como una cachetada de algún maestro omnipresente, en el preciso momento en que todos hicimos una pausa en la charla, el pequeño se levantó, se colocó de pie junto al chofer, y le pasó treinta centavos del boleto estudiantil.
-¿Por qué me das esto? –reaccionó el conductor.
- Porque yo subí acá, cuando usted iba para el kilómetro cinco, y ahora estoy volviendo para el centro, tengo que pagarle el pasaje de nuevo –contestó el niño.
La saliva que pasó por nuestras gargantas no permitió agregar nada más.
Fue Juan Cruz Caetano de nueve años, estudiante de primaria de la Ciudad de Iguazú.

jueves, 21 de mayo de 2009

El dengue produce amnesia


Aunque no lo diga a quien corresponda, la mayoría tiene atravesada en la garganta, como un hueso de pollo viejo, las ganas de gritarle a cierto sector de la prensa que tiene tendencia o animosidad para informar sobre “ciertos” temas en “ciertos” momentos, para afectar a “cierto” sector, o simplemente darse “cierto” gustito infantil de decir “le cagamos a fulano o a mengano” (perdón a los puritanos, pero así dicen).
Lo cierto es que nada hay de cierto en ciertos temas tratados inciertamente en ciertos momentos, que ciertamente causan incertidumbre entre el público que acertadamente busca una explicación cierta y honesta. Y la verdad es que muy pocos saben que todo es producto de una nueva epidemia, o efecto secundario, producido por las mismas enfermedades que se informan.
Y si no, díganme fueron víctimas de cierta epidemia de amnesia, producida por la misma picadura del Aedes. No es que se olvidaron del tema, aunque actualmente haya 40 casos sospechosos en nuestra ciudad (publicado por este medio este jueves 21), y de repente de tres a cuatro notas diarias sobre el dengue, pasaron a una cada semana y luego ninguna en un mes; si no es cierto cuando -como autocrítica lo digo, porque lo habíamos advertido- ¡qué pasó con el dengue! Adónde fueron a parar los que insistían en que se ocultaban ciertos datos para beneficiar a cierto sector en cierta temporada. Les cuento que estos, sin notarlo, es que, como les dije, están convalecientes de una amnesia crónica que ataca justamente la memoria de corto plazo.
¡Ay, perdón! Me apresuré en juzgar a mis queridos colegas, pido disculpas. Es que me olvidé que un tiempo después apareció la gripe porcina, o H1N1, y claro, merecía un lugar más importante, un “tratamiento” más importante, por la gravedad de la enfermedad, por supuesto. Hay gente que muere por la gripe del chochan, no es joda eso. Y esto del puerco casualmente cayó en la época de elecciones, armado de partidos, y campañas, pero es casualidad, les aseguro, pura casualidad. Además, ¡qué tiene que ver el chiquero con las elecciones!
La cuestión es que la mezcla de información causó otra epidemia, que tiene efectos inexplicables entre los que en alguna oportunidad tuvieron contacto con las enfermedades, aun solamente comunicando. Algunos aseguran que el Aedes, por ejemplo, fue contaminado “apropósitamente” por cierto sector turístico de cierta zona sur de nuestro país, para que los comunicadores morales de esta zona norte, que descubrieron datos ocultos siniestramente sobre la epidemia, se olvidaran del dengue hasta una semana antes de la próxima temporada alta de cierto destino que tiene agua. ¡El agua!
¡Ay!, pido disculpas nuevamente, caí en el mismo error de prejuicio hacia mis colegas. Acepto mi ignorancia. Me olvidé (me habrá picado un Aedes) que a la falta de agua, tan común en esta época del año en las Cataratas, tuvo que dársele “la prioridad” que se merece por tener mucha más importancia que dos simples epidemias que pueden causar la muerte.
Es verdad, ruego me perdonen, hay que buscar “datos ocultos” sobre el nivel del río Iguazú, que ciertos medios como este intentan tapar para beneficiar a cierto sector; y hay que hacerse eco de información brindada desde lejos sin consultas hasta que cierto medio como este salga a desmentir con datos oficiales para proteger a un minúsculo destino que nada tiene que ver con nuestro sustento.
¡Dejémonos de pavadas, vayamos corriendo hasta la oficina del director o jefe de redacción y digámosle lo que pensamos! Che, con esto del chancho y la falta de agua en Cataratas, no le estamos dando bola al dengue, nos olvidamos de darle un seguimiento (efecto secundario de la amnesia del Aedes), y ya están saliendo opiniones sobre eso, ¿qué hacemos?, ¿seguimos averiguando sobre casos o esperamos hasta la temporada de vacaciones de julio para darle con todo de nuevo? Digámosle lo que pensamos, aunque sepamos que nos sugerirá una “contraopinión” que hable sobre el límite de la información y la responsabilidad del comunicador, con un estilo y altura diferente a este boludito delirante, que lo único que hace es criticar y adelantar actitudes propias de profesionales serios como nosotros.

domingo, 10 de mayo de 2009

Nadie se va a dar cuenta

Como ocurrió en la fiesta en la que sólo había botellas de agua porque todos decidieron llevar eso para tomar total quién se va a dar cuenta, así ocurre casi imperceptiblemente pero con mucho peor efecto en nuestro existir en este planeta.
Desde hoy voy tarde total está lloviendo y todos llegan unos minutos después y nadie se va a dar cuenta, hasta si no lleno las planillas hoy quién lo va a notar si ni siquiera se dan cuenta que existo, todas esas decisiones se transforman en la razón de las situaciones menos deseadas de la cotidianeidad.
Claro, el problema es que uno piensa que no se van a dar cuenta, olvidándose de las probabilidades según la muy conocida ley de Murphy. Esa que dice que cuando uno sale sin paraguas porque “piensa” que no va a llover, lo más “probable” es que vuelva empapado no sólo del agua celestial sino de los que “a propósito” pasan por el charco de al lado y salpican agua podrida hasta el iris izquierdo.
Exactamente lo mismo nos sucede cuando decidimos atrasar “unos minutos” el despertador porque está lloviendo total si llegamos unos minutos tarde al laburo nadie lo va a notar, y cuando estamos “arreglando” el reloj pensamos en la excusa que vamos a poner si “por las dudas” todos llegan temprano. Pero, al parecer, por más que cuando lleguemos “un poquito” tarde y todos los compañeros (y el jefe) desde sus puestos de trabajo nos miren con esos ojos diabólicos e insensibles a todo problema humano, diciéndonos che, qué caradura hace media hora paró de llover, nosotros no aprendemos, porque en el mismo segundo que comienza a “gotear” en otra oportunidad ya preparamos la misma estrategia.
En este punto puedo sentir los engranajes de la mente de cada uno de los que leen, diciendo sí es verdad pero yo nunca hice eso. Sí, sí, claro. De la misma manera reaccionamos cuando un sociólogo culmina su estudio y dice que la responsabilidad de la falta de un buen gobierno es de cada ciudadano, y nuestros engranajes mentales dicen sí, la verdad, si esos ignorantes aprendieran a votar como yo, este país sería otra cosa. Sí, porque yo voté por el otro. Eso comprueba que sucede, imperceptiblemente guaú, pero sucede que cuando vamos al cuarto oscuro decidimos yo voy a votar por este que me bancó cuando contrabandeaba mercadería del Brasil total quién se va a dar cuenta, y después digo que voté por ese que camina los barrios y ayuda a los huérfanos, total quién se va a dar cuenta, y ¡zas! Sale electo el menos deseado, el más impresentable, el más corrupto, y el que durante cuatro años te rompe el (¡”$·&/()!) y te tiene de rodillas como un (¡%&·”!) rogándole que te consiga esto o aquello. Y nadie se da cuenta que lo elegimos. Total después nosotros nos mandamos un discurso sobre la necesidad de educar a los chicos acerca de la democracia y saber elegir, y ponemos ejemplos de antes cuando no pasaban estas cosas, y por Dios qué barbaridad estos chicos de hoy no saben ni donde están parados, y que vergüenza estos políticos actuales que buscan su beneficio propio, porque antes por lo menos hacían sus cositas y nadie se daba cuenta. ¡Mirá! ¡Qué casualidad! ¡Como cuando llegaste tarde al laburo!

domingo, 3 de mayo de 2009

Pobre mi blogcito

Pobre mi blogcito. Hace tiempo que no escribo algo en mi blog. Acabo de expresar algo muy lógico y evidente, casi estúpido, o boludo para los lectores de blogs, y más para los que ingresan a menudo a La Voz y ven al lado de mi carita de cumpleaños feliz el mismo título que dediqué a Tita y a Toto hace ya aproximadamente un mes.
No hay excusa que valga la explicación del por qué no he escrito algo, por eso no voy a decirles que el trabajo de todos los días ni que el momento político, ni que los días hoy corren más rápido, ni que trabajar en un medio gráfico virtual es una ocupación de 24 horas, ni que estamos metidos en una gran cantidad de actividades. Porque, primero, no me van a creer y segundo tampoco voy a encontrar la manera de satisfacerlos, así que sólo empiezo a escribir nuevamente y listo. ¿’tamo?
Ocurrieron muchas situaciones interesantes desde la última vez que aconsejé a Tita y a Toto. Algunos me dijeron que Toto ahora se hace llamar Jack, y que a Tita, aunque sin conocerme, no le desagradó la idea de llamarse Amy, y que ambos rieron sin recato al entender las indirectas que, según ellos, sirvieron más para que los otros candidatos abran los ojos que como guía a seguir.
También me comentaron que algunos, quizás los de siempre, no entendieron la ironía de las recomendaciones y dispararon a mansalva cañonazos oportunistas para desbaratar la imagen de humano perfecto que tengo y llevo con honor. Otros, dicen que, aprovecharon el caso y se les acercaron a decir “esa gente es así, siempre tira mala honda”, sin esperar quizás que Tita y Toto después se reirían de tales con el autor de los digresionados consejos.
La vida es así. Algunos entienden, otros no. Algunos ven una oportunidad para reír, otros para atacar. Algunos abren los ojos calladitos, otros se cierran cada vez más.
También se sucedieron varias situaciones de noticias, algunas harto conocidas y otras no tanto. Visitaron nuestra ciudad, por ejemplo, no como ejemplo, algunos diputados nacionales misioneros para “hablar de la problemática -les encanta esta palabra a los políticos- de la construcción de una nueva represa en el Río Iguazú”. Y hablaron, mucho. Y como en el caso de Tita y Toto, algunos se aprovecharon muy bien de la situación: los brasileños invitados nos hicieron ruborizar denunciando el desastre que somos en la frontera, y sin pelos en la lengua. Obviamente, como argentinos desde y hasta la cepa, no aceptamos que “los brasucas vengan a decirnos lo que hacemos mal”, por más que nosotros mismos en nuestras casas y en vastas charlas con amigos denunciemos y digamos que estamos hartos de los controles de la frontera, “que solo sirven para perjudicar el comercio de la ciudad”. Ahora resulta que, después que los brasucas con mucho huevo nos pintaran la cara en nuestra propia casa, los mismos que llevan adelante proyectos y reclamos para que se flexibilicen los controles, dicen que “todo está en orden y que en realidad ya se está trabajando para mejorar”. Esperemos que estos “mismos” no anden llorando por los medios cuando vean que “los mismos” no le dan bola, como no lo hacen hace 200 años de país. Gataflorismo argentino al mango.
De las noticias que no se conocieron tanto, ni por los medios ni por mi blogcito guaú, son las de las formaciones de listas y candidaturas para las próximas elecciones. Pero, como siempre, algunos se aprovechan al máximo para sacar “sus conclusiones”. Por acá se apoya, se felicita, se abraza, se da lugar para opinar, que por fin un cambio con un sublema diferente, que risas y gastadas. Y por allá, después de unos días, no yo no lo apoyo porque se vendió, porque me dijo una cosa y era otra, porque nosotros siempre mantuvimos la misma línea (excepto cuando lo apoyamos antes), y nunca decimos algo que motive a votar por A o por B.La vida es así. Algunos entienden, otros no. Algunos ven una oportunidad para reír, otros para atacar. Algunos abren los ojos calladitos, otros se cierran cada vez más. Y yo, como un boludo, observo lo que pasa y no escribo para mi pobre blogcito. Típico gataflorismo personal.

lunes, 6 de abril de 2009

Un consejo para Tita y Toto


Como soy un experto en la materia, y con tantos años de experiencia en análisis políticos, me siento con total autoridad para aconsejar a cualquiera que tenga intenciones de seguir los pasos de la excepcional carrera política. Definitivamente, una carrera, porque el ascenso es inmediato, si las estrategias son aplicadas como corresponde. Sin embargo, si no se toman los recaudos necesarios, el descenso y la desaparición pueden ser tan vertiginosos como el ascenso. Por ello, correctamente, a la participación en el ambiente político se le denomina “carrera”.
En esta oportunidad, después de haber regalado tantos exitosos consejos y sugerencias a candidatos de fórmulas ganadoras, me atrevo, con toda la humildad que me caracteriza como hombre superior, a hacer lo propio con los candidatos a concejales del Frente Renovador oficialista: Iracema “Tita” Da Silva y Luís Teodoro “Toto” Sánchez, y no Roberto Sánchez, como lo llaman algunos por confundirlo con su compañero de trabajo, o simplemente por no recordar que hay que hablar CON él primero para después hablar DE él.
Además, quiero aclarar que mi objetivo es puramente filántropo y no lucrativo, porque ocurre que siempre elijo a candidatos que poco tienen de financiero, para justamente llevarlos al éxito económico que después redundará en beneficios para todos, como los que hoy gozan de su buena posición por haber escuchado mis consejos.
Así que, Tita y Toto, quiero dejarles estas “dicas” -palabra portuguesa que aprendí durante mis extensos viajes por las ciudades brasileñas de Foz do Iguaçu y Dionisio Cerqueira, y que significa algo así como “ayudita” en nuestro idioma- para que les sirvan como guía en este camino tan escabroso y maravilloso a la vez como la política iguazuense.
Primero, quiero que se cambien esos apodos tan vulgares que tienen. Les sorprenderá lo que digo, pero es verdad. Tienen que elegir llamarse y hacerse conocer por otros nombres, que den más status marketinero a sus personas. Sugiero algo como Amy y Jack, o Yoko y Mick, o adueñarse de algún apellido extranjero, para que la gente de potenciales votos les asocie con personas de bien y de mucho poder adquisitivo que sólo quieren estar en puestos como el que pretenden para lograr cambios estructurales en la sociedad, y no para enriquecerse a sí mismos. “Tita” Da Silva y “Toto” Sánchez denotan una afinidad con lo popular, lo barrial, lo arrabalesco, y contacto con segmentos de poca cultura, y eso causa que se los asocie con ese tipo de gente justamente. Como verán, en la carrera política es muy importante “la imagen” y “la asociación” que se hace con esa apariencia.
Bajo es misma premisa, les ruego que cambien los automóviles que tienen y busquen “moverse” con mejores móviles y en lugares de más finura. Ese Falcon verde del año del ñaupa, descolorido y desalineado, moviéndose en el polvo y el barro de las calles de tierra de los suburbios, no dará ningún buen resultado en la búsqueda de una imagen políticamente correcta, señor Toto, ¿o ya debería llamarlo Jack para ayudar al cambio? Y ese móvil del municipio, señora “Tita”, ¿o Amy?, tan anticuado y mugriento con barro de las “afueras”, solamente servirá para dejarla con la gente con que siempre contactó durante su función en un departamento como ¿¿Acción Social??, ¡por favor!, pida urgentemente que le trasladen a otro sector del gobierno, o que le creen alguno que le provea de contactos más jerárquicos, como “Planificación Estratégica para el Desarrollo Turístico y Cultural de Iguazú”, y salga inmediatamente de ese departamento social que para lo único que sirve es para atender a los pobres, que ni siquiera saben hablar.
Y justamente, sobre el tema de hablar, señores Amy y Jack, es imperiosa la necesidad que tienen de mejorar el léxico y la dicción en todo sentido, para que la expresión de la que hacen uso sea una propia de políticos de jerarquía, y no meros candidatos populares. Para esto, les sugiero que participen en los impresionantes programas de análisis político que se dan en nuestra ciudad. En ellos, se foguearán con inteligentísimos conceptos como, “quién va a jugar con quién”, o profundas interpretaciones como “anoche hubo un asado en lo de y no estuvo el candidato tal”. Eso sí, asistan preparados a tales programas porque las preguntas allí pueden llegar a rozar lo sublime, y quedaría pésimo que no sepan responder a cuestionamientos como “Che, Totito, me parece que uste’ está arreglando con el otro la’o y no lo quiere decir, ¡usté es muy hábil!”, o “Tita, me parece que uste’ está pichada porque el otro le descubrió, eh!”. Además, cuídense de no decir nada que ya se sepa a gritos en todos lados, porque puede ser tomado como exclusivo o primicia, y después qué se hace cuando ya se dijo. Cuídense del ridículo.
De esa manera, y con móviles como una 4x4, o algún deportivo, y con contactos de puro nivel estratégico, que más tienen que ver con la inteligencia y la gestión que con lo parentesco y el compinchismo, se sentirán seguros para asistir a reuniones en finos bares y cafés nocturnos de nuestra ciudad, en donde obviamente se desarrollan las ideas y las estrategias de fórmulas ganadoras. Sáquense de la cabeza andar por los suburbios y las afueras ayudando al populacho, eso no lleva a ningún lado. Comiencen a asistir a programas de radio y televisión, y muévanse entre gente de alta alcurnia, que tiene ideales y siempre demostró capacidad de mando. Empezando por seguir estas humildes sugerencias, mis queridos ex Tita y ex Toto, y actuales Amy y Jack, los dos podrán disfrutar con anticipación de la victoria, como los que siguieron mis consejos y llegaron al gobierno. Porque, sinceramente, no deseo que les suceda como les sucedió al verdulero ignorante y al comerciante vulgar, que prefirieron seguir con sus chatarras y por los barrios en sus campañas, y nunca llegaron a ser concejales.

sábado, 14 de marzo de 2009

Muy bien 10, felicitado


Desde muy chico quise saber qué se dicen los políticos al saludarse después de un discurso. Me causaba tanta curiosidad que llegué a pensar que se pasaban códigos secretos para un complot que lo compartían entre unos pocos, muy elegidos, y debía cumplirse en un momento dado, que también era de dominio puro y exclusivo de una elite oculta. Cada vez que asistía a un evento observaba el mismo show: uno de ellos terminaba de hacer uso de la palabra y todos los señores de traje oscuro de la primera fila se paraban a saludarlo con un apretón de mano, un abrazo, y le decían algo sonriendo anchamente. Lo hacen hasta hoy, les cuento, por si quieren prestar atención la próxima vez que haya un acto oficial. Seguramente muchos de ustedes ya lo habrán notado, y saben lo que se dicen, pero yo no lo sabía hasta hace muy poco.
Lo descubrí cuando empecé a trabajar en este medio. Desde la primera vez que me tocó cubrir un acto de estos -políticos quise escribir, pero me salió “estos”, que es lo mismo- aproveché la oportunidad que me daba la identificación de prensa y me acercaba lo más que podía hasta el sector en donde sabía que se iban a saludar. Tanto me acercaba, que varios ministros nacionales, provinciales, y el propio intendente Filippa me guiñaron un ojo cuando coincidíamos en la mirada. Yo devolvía y devuelvo el gesto, obviamente, uno no puede andar mal con la autoridad, (mire si me hago el loco y me agarra un guardaespaldas por la espalda) sin embargo, siempre sólo hago mi trabajo: busco la toma que me indican y sirve, y escucho con mucha atención el discurso que siempre dice otra cosa que la que dice. Pero mi momento esperado es “el saludo” después de un discurso.
En oportunidades estuve muy cerca de ellos, pero no lo suficiente para escuchar lo que se decían. Siempre me molestaba algo, un escenario, los micrófonos, los aplausos, los locutores que siempre quieren decir algo más con sus perfectas voces, o mis colegas que también buscaban lo mismo que yo (creo). Otras veces estuve prácticamente sobre ellos mientras esperaban sus turnos para hablar, y escuché lo que se decían antes de ir al micrófono. Antes, cuando escuchan que un correligionario o compañero está hablando, se dicen cosas que diría cualquiera de nuestros preparadísimos y profesionales dirigentes, como “che, este se copó y se fue, eh”, “hacéle seña que nos estamos durmiendo”, o “¿adonde es el asado después?”, o “después presentáme la secretaria del ministro”. Eso sí, este tipo de comentarios no se le hace al gobernador, porque a él hay que tratarlo con respeto (es una autoridad). A él le dedican acotaciones como: “qué bien Losada con esto de la tarjetita social ¿no?, la verdad es una excelente manera de controlar votos desde lejos” o “gobernador, no se olvide que están algunos de la oposición, que criticaron las obras que está haciendo la provincia”, o “le queda muy bien la corbata roja, con la camisa blanca y el traje oscuro”. Me interesó también escuchar esto, aunque no me sorprendió mucho, pero ¡yo quería escuchar lo que se decían después del discurso!
El día llegó. Estaba todo listo. Yo estaba cerca, no había nadie ni nada que me molestaba, y me aseguré que no me molestaran en el momento justo. Estaba hablando mi gobernador, el Señor Doctor Maurice Fabián Closs. Como siempre su discurso fue excelente: una mezcla perfecta de términos técnicos y vocablos autóctonos, que condimentan una disertación para fulminar cualquier argumento sabiondo e impresionar a la menchada. Al finalizar, quedó inaugurado el lugar y muy clara la política de la renovación, y mi corazón latía rapidísimo. Afiné el oído cuando se acercó a los que lo saludarían y escuché que le dijeron: “muy bien, Mauri” y “bien, bien, gracias, excelente”, y le abrazaban y se reían. Y me desplomé de la desilusión: “¿para esto esperé tanto?”-me dije, para eso hubiese escuchado a mis colegas chupándole la media en la conferencia de prensa y listo.