domingo, 4 de octubre de 2009

Bronca trágica en la Triple Frontera

La columna de humo se veía de lejos. Negra, intensa, espeluznante. Se veía inclusive desde la zona hotelera del kilómetro 5, desde donde vecinos y turistas dirigían la vista sin poder descifrar en dónde exactamente ocurría el incendio, que a esa distancia parecía ya sin precedentes en Iguazú.
Fue la primera vez que el cuerpo entero de Bomberos trabajó sin descanso por más de ocho horas con todos los voluntarios de Emergentología, para apaciguar las feroces lenguas de fuego que abrazaban todo el edificio. No había forma de ingresar al lugar para salvar a las víctimas, que para cuando llegaron los voluntarios, sumaban a cerca de cien en boca de los curiosos que siempre se adelantan a los cuerpos de ayuda.
En el lugar, detrás de la muralla hirviente, se escuchaban gritos desgarradores que desesperaban a los que intentaban hasta el heroísmo llegar hasta las voces para salvar al menos una de ellas. Uno de los bomberos falleció en el intento, cuando manejando una de las mangueras muy cerca del perímetro del fuego, escuchó el pedido de auxilio de una de las empleadas del hotel, y su corazón saltó hacia ella atravesando la columna caliente. Solamente cuando logró verla sofocada, perdida en el grueso humo, notó que el rostro se le incendiaba con un calor insoportable al igual que su espalda, por haber reaccionado con demasiado corazón y sin nada de uniforme de combate. Durante las pericias hechas después, se lo encontró calcinado cubriendo a la empleada, que murió sin aire pero sin ninguna quemadura.
Para ese entonces ya habían llegado las ambulancias y unidades de apoyo de Puerto Libertad, Puerto Esperanza, Wanda, Andresito, y efectivos de todas las fuerzas con asiento en Iguazú, que actuaban por instinto ayudando en donde sea y como sea, y hasta donde las reservas de agua alcanzaran. Así fue como, al descubrir que ni el agua de las perforaciones de hoteles aledaños ni la traída por vecinos lograba reducir al mínimo la fuerza de las llamas, se dedujo que el siniestro había sido provocado, y que el sistema antiincendio del hotel no funcionó por alguna razón.
Entonces, como una idea desesperada, y a la orden del jefe de bomberos de Iguazú, se logró colocar en la zona más cercana del río Iguazú un generador con una bomba que proveyera del agua necesaria para al menos mitigar el fuego hasta que consumiera todo lo consumible.
El apremio era tal que bomberos y voluntarios trabajaban temblando, y más al conocerse que se había declarado estado de emergencia municipal y provincial por la cantidad de víctimas que se encontraban encerradas en el edificio de más de seis pisos. Increíblemente, las críticas que empezaban a recrudecer en contra de todo organismo oficial por no prever este tipo de situaciones, empezaron a menguar y brotó de la nada la solidaridad, inclusive de paraguayos y brasileños, que cruzaban en lanchas y canoas desde sus orillas, sin que Prefectura y Migraciones hicieran caso de la cantidad de extranjeros que ingresaban, mientras que los aduaneros que quisieron revisar a los voluntarios extranjeros recibieron tal reprimenda de los iguazuenses, que por primera vez demostraron vergüenza y abandonaron sus puestos sin decir nada.
Se escuchó decir a los jefes de los cinco cuerpos de bomberos que el perímetro de fuego intenso era de 240 metros aproximadamente y que en un área mayor que esta se podría ingresar para contrarrestar el fuego desde allí con algunos pocos bomberos bien uniformados.
Así fue como un grupo elite se preparó con máscaras y todo el equipo de combate, y entró al pulmón a metros del foco principal. Su principal objetivo era acercar los enormes matafuegos y luchar en los lugares de más intensidad, a la vez que sus compañeros luchaban desde afuera para controlar que el fuego no se propagara a otros lugares. Algunos de ellos contaron después que la primera visión del lugar era abrumadora, sólo se veía la silueta del edificio entre un humo gris oscuro, hediondo, y los gritos de algunos que saltaban al vacío desde los pisos superiores hizo tambalear la concentración con un frío repentino en la zona de la espina dorsal.
Estando en ese momento fue que el oficial Rodríguez, contó después que todo pasó, en la reunión con los agentes de las fuerzas a cargo de la investigación, que vio la figura de un hombre en uno de los balcones del frente del edificio, que no aparentaba ningún tipo de desesperación sino que apoyado con ambos brazos en la baranda, miraba fijamente hacia donde estaban los autobombas y el grupo elite, como si no sintiese nada del calor a su alrededor ni fuese conciente de lo que ocurría.
Rodríguez revolvió varias veces esta visión, que no le dejó dormir por mucho tiempo, y se lo había contado a su amigo y compañero Morel hasta el cansancio, y ninguno de los dos lograba interpretar si fue real o fruto de su imaginación y adrenalina.
El resultado del siniestro fue horripilante. Después de dieciséis horas continuas de arduo trabajo, con mangueras de todo tipo, más de mil voluntarios, preparados y no, que acarreaban de a uno los baldes de agua hasta la zanja que cavaban los demás en la zona descampada, ayudaban a mantener fijas las más de cincuenta mangueras, traían agua para tomar a los que asistían a las víctimas que lograban escapar de las interminables lenguas del furioso dragón, ponían a disposición sus autos, motos, y cuanto móvil había para trasladar a los de gravedad, y el incondicional apoyo de los extranjeros con comestibles y mano de obra voluntaria, el informe oficial dio a conocer ciento setenta y dos víctimas fatales, una de ellas el bombero que saltó para salvar a la empleada, y más de cincuenta heridos de gravedad. Todos, excepto el oficial, eran empleados del hotel. El edificio debía ser derrumbado. Quedó inutilizable.
Dos semanas después, la causa del incendio aún se investigaba. Con el dato de las pericias hasta el momento se deducía que fue provocado y aun planificado, para que el fuego se iniciara desde afuera hacia dentro para que nadie escape. No había ninguna clave cierta hasta esa reunión en donde Rodríguez contó nuevamente su visión, y fue escuchado por uno de los sobrevivientes, que a su vez se animó a decir que cuando corría por uno de los pasillos, también vio al hombre de espaldas por la puerta abierta de la habitación ciento dos, que por el humo no pudo distinguirlo pero sospechaba que fuera Ramos de mantenimiento, y que al gritarle que escapara con él, el hombre ni se inmutó.
El número de habitación llamó la atención a uno de los compañeros de Rodríguez, que recordó haber sacado de ella, además del hombre calcinado, un cofre cilíndrico de acero inoxidable, que por estar herméticamente cerrado lo guardó en el depósito del cuartel para abrirlo otro día.
Unas horas después de la reunión, el cofre reveló la identidad de Eber Ramos, de 32 años de edad, técnico electromecánico, encargado del área de electricidad del sector de mantenimiento, ingresado al hotel cinco años atrás. Además, todos los planos de los circuitos eléctricos del hotel, copias de los planos de construcción, del plan de contingencia, del sistema de aspersión antiincendio, y más de veinticinco notas enviadas y con acuse de recibo al supervisor, al jefe de área, al gerente de recursos humanos, al gerente comercial, y al gerente general –todos ellos víctimas –solicitando la regularización y blanqueo del cien por ciento de su sueldo, y un pormenorizado relato de los trabajos hechos y resueltos por él sin ser responsable directo de los inconvenientes de mantenimiento del hotel.

lunes, 28 de septiembre de 2009

El argentino y sus derechos

Por mucho tiempo la humanidad buscó mediar entre los derechos de uno y de otro. Buscó la manera de que todo sea igual para todos, o similar para todos. Pero en esa búsqueda, casi siempre fracasa, para no decir que fracasa siempre, porque siempre falta cinco para el peso.
Para los que creen en la evolución, aquello que los medio-humanos-medio-monos hacían para conquistar un territorio o a una mujer –tirando piedras, pegando con el garrote, y agarrándose a las piñas –era una costumbre que el hombre (masculino o macho) adquiría al nacer, porque tenía un pilín. Y la mujer también tenía derechos adquiridos, pero sólo que los adquiría un poquito después de nacer: tenía derecho a permanecer callada, derecho a tener un hombre, y derechos los dos ojos después de la derecha que le metía el que le conquistó y le dio automáticamente el derecho a andar derechito antes de hacerle adquirir otra derecha.
Algunos piensan que los derechos nacieron recién en la época moderna. ¡No, señores! ¡No sean ignaros! Hay que saber para hablar. Los derechos nacieron con el mundo. Adán era derecho y Eva andaba derecho cuando veía algún mono medio hombre que le mostraba el garrote bien derechito.
Por ignorar este génesis es que creo que los argentinos fracasamos a la hora de tratar nuestros derechos, hoy más conocidos como derechos humanos –algo que considero el primer error del tratamiento, porque siempre los zurdos terminamos siendo discriminados. Ojo, hablo de los que utilizamos con más destreza la mano izquierda, no de los famosos zurdos políticos argentinos que demostraron que de la inteligencia de los zurdos no tienen nada. Y volviendo al tema, me pregunto: ¿por qué los privilegios y los atributos se llaman derechos humanos?, ¿por qué no se llaman zurdos humanos? ¿O en todo caso ambidiestros humanos? ¡Esto es lo que primeramente deberíamos cambiar! Creo que la mejor opción es la última, para que sea igual para todos, como descubrieron los norteamericanos.
¡Estos sí que se metieron en un lío! Y en un lío bien plofundo y caulaloso, como en el Lío que se tiene que comer Maradona en la selección, o algo así. Lo digo porque los gringos, como no tenían con quién pelearse en otra parte del mundo como hoy, se pelearon entre ellos por culpa de los derechos humanos de los negros, que en aquél momento le estaban haciendo perder guita a los industriales de los estados del norte, por brindar su excelente mano de obra por unos pocos centavitos a los hacendados de los campos del sur, que gastaban a los del norte diciéndoles: “yo con un caballo, un negro, y una guacha, gano el quíntuple de lo que vos ganás con mil inmigrantes de Europa y tus maquinitas”.
Así que se imaginan las venas de los del norte cuando fueron a hablarle a Mister Abraham Lincoln, que sería algo así como la Cris, pero en una edición un poco más sofisticada y modesta a la vez, lo digo por la similitud del lío aquél con el que tiene que lidiar hoy la presi, entre los negros y el campo, digo, y no tanto por ser parecida al estupendo estadista yankee, que con unos cuantos muertos de las dos partes creyó resolver el problema, que un poco (bastante) después un negrito llamado Martin Luther King hizo ver que no estaba nada resuelto.
Claro, los del norte que tanto pelearon a favor de la abolición de la esclavitud y los derechos de los negros se la vieron negra cuando le cayeron desde el sur los más de un millón de negros a golpearles la puerta para pedirle laburo, comida, casa –con patio, obvio –y la mano de una de las gringuitas, que tampoco sabían qué hacer con tanto famoso negro para elegir.
Entonces, los del norte entendieron que el tema este de los derechos humanos no es tan así no más, y que nos es que hay que dejar libres a los negros que hagan lo que quieran y listo, sino que después hay que proveerles de todo y para todos.
Así fue como en los Estados Unidos, en ese momento sí unidos en serio después de haberse cagado a tiros un buen rato, nacieron los baños para blancos y para negros, restaurantes para blancos y para negros, escuelas para blancos y para negros, barrios para blancos y para negros, vagones en los trenes para blancos y otros para negros, filas para comprar pasajes para blancos y para negros. Y claro, qué se creen ustedes, eran vanguardistas los yankees allá por los 1870-80-90, descubrieron la fórmula de darles el mismo derecho a todos los sin color y a los con color.
Pero, acá llegó otro problema: ese tal Luther King empezó a avivar a los negros. Y antes que lo bajen de un tiro, llegó a decir ese discursito cursi de “yo tuve un sueño de un país en donde todos comen en el mismo lugar, y van al baño juntos sin importar el color” y esos delirios de negro, y les avivó tanto, como lo hizo una tal Eva Duarte acá, que todos se dieron cuenta que los baños para blancos tenían acolchonadito el asiento del inodoro, un lindo perfumito, un espejo grande, azulejos de color con pececitos, jacuzzi, teléfono, cable tv con un plasma, y Wi Fi; mientras que el ñoba de la negrada era un 2x2 cerrado con madera de refugo, techo de ruberoy y un agujero en el piso.
Entonces todos los que escucharon a Luther dijeron: “che, este es negro pero no es boludo eeh, y tiene razón, nos dan el mismo derecho de ir de cuerpo sin que nos vean, pero tampoco la pavada”, y ahí empezaron a ir a los restaurantes que se les ocurría, a los cines que se les cantaba la regalada gana, e iban a los teatros que se les antojaba con su fasito, la birra en una botella de plástico cortada a la mitad, y con Akon y Puff Daddy a todo volumen en el caballo.
Y, se armó la hecatombe, imagínense, los carapálida pedían a los gritos a la policía que saque a esa gentuza de esos lugares, porque era imposible entender la letra de Les Miserables con el Mp7 de los negros a todo lo que da y la luz de láser de los llaveritos dirigida a las partes privadas de los actores.
Así que, como ni la policía podía andar pegando a los negros todo el día, que por la avivada mayor de Luther no reaccionaban ante ningún ataque, ni se podían ocultar los privilegios de los carapálida, entre todos decidieron mejorarle un poco la situación de los de colorcito más oscuro: hicieron los baños un poco más grandes para que los usen los que quisieran, y dejaron los azulejos y el espejo, pero en vez de Wi Fi pusieron banda ancha, y sin cable; los barrios se hicieron de ladrillos y cemento, pero los blanquitos prefirieron quedarse en sus casas, así que los negritos se fueron a vivir todos juntos; los restaurantes también cambiaron, dejaron entrar a todos, pero no servían chegusan de milanga y la birra de litro subió de 0,75 centavos a 20 pesitos en una semana, pero lo bueno es que esto provocó la creación de los carritos tan acogedores que después se transformaron en los MacDonald´s y los Buger Kings, que son a la vez la alternativa para los negros que quieren comer un sánguche con aire acondicionado. (Les aseguro que cualquier similitud con la actualidad nacional es pura casualidad)
Así pasaron muchos años de buena paz, hasta que algunos negros antes que otros, tuvieron acceso a Wi Fi y Direct TV, no se perdían un programa de Showmatch y empezaron a entrar a las páginas virtuales del gobierno, que cuando escuchó que le pedían los mismos derechos que los demás, por la experiencia anterior, no se los dieron así no más, sino que les piden algo a cambio, como por ejemplo: te doy fútbol de primera en cuatro canales, una casita de material, y vos, en vez de vender churritos vegetales o ladrillitos blancos, tenés que pegar afiches y repartir folletos cada cinco años, colgar pasacalles cada dos y escuchar a cada rato el mismo discurso de Luther, pero un poquito cambiado.
Y bueno, de a poquito vamos teniendo los mismos derechos. Algo es algo. ¿O quieren algo más? ¡Qué increíble! Siempre les falta cinco para el peso.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Un consejo para mi hija

Estuve pensando, mi corazón, en adelantarme a las circunstancias y decirte hoy todo lo que te diría cuando seas un poco más grande. No importa que a tus tempranos añitos, no comprendas mucho las reflexiones que te digo, porque con el paso del tiempo vas a notar que en realidad no importa que entiendas lo que te dicen, sino que hagas creer que entendés.
En realidad, prácticamente todas las situaciones que te van a tocar vivir son así: tenés que disimular que sabés, que entendés, que conocés, aunque muy dentro tuyo sepas que no es así. Por eso, escuchá lo que te dice papi, que fue a la escuela antes que vos y perdió el tiempo estudiando y sacándose buenas notas, que lo pusieron en el cuadro de honor de nerds y boludos. Entonces, mi reinita, si no querés terminar como papá, y te vaya mucho mejor en esta vida, lo primero que tenés que aprender es a aparentar.
Nunca digas que no sabés o que no conocés, o que todavía no aprendiste, eso te va a ser parecer humilde y vulnerable, y vos siempre tenés que parecer fuerte, sabia, e invulnerable.
Así que no te preocupes por aprender en la escuela, porque te puedo asegurar que vas a lograr pasar de grado igual que los demás si te hacés amiga de las chicas o chicos que estudian. Te sugiero que les compres algo en el recreo –papi se va a asegurar que siempre tengas plata –y así cuando haya algún examen podés hacerles acordar qué buena amiga fuiste con ellos cuando no tenían para desayunar y te van a dar las respuestas correctas. Por la nota no te calientes, lo importante es pasar al próximo grado hasta terminar la secundaria. Y si querés estar en el cuadro de honor, con los estudiantes que tienen mejor promedio, me avisás y yo hablo con la directora. Papi siempre va a estar con vos en lo posible, hasta que hagas tu camino de amistades.
Esto significa que durante la mayor parte de tu vida en este mundo, tenés que dedicarte a hacer amigos. Pero para esto también tenés que seguir algunos consejos, porque es muy importante que te hagas de buenos amigos. Es decir, desde que estás en primaria tenés que observar muy bien con quiénes te vas a juntar.
Para eso tenés te mirar con detenimiento qué zapatitos tienen tus compañeras y compañeros, qué tipo de mochila, y útiles, y siempre, siempre, preguntar en dónde trabajan sus papis. Obviamente no tenés que hacerte amiga de los compañeritos que vienen en auto con sus papás, tenés que mirar muy bien qué tipo de auto es, no te metas con cualquiera. Acordáte que es una vergüenza insuperable que te traigan a casa en cualquier auto, porque papi siempre te va a llevar y traer en un auto lindo.
Tampoco aceptes y vayas a todos los cumpleañitos que te inviten. Eso no se hace. Sólo tenés que ir a aquellos que en la tarjetita de invitación diga que habrá payasos, tortas, bocaditos, y juegos de todo tipo. No te olvides lo que te dije al principio: la imagen es lo más importante. Por eso antes de bajarte del auto para entrar a la escuela, no te olvides revisar tu peinado, tu maquillaje, y tus zapatos, eso te va a servir para cuando hagas los exámenes y para cuando tengas que cumplir con tus obligaciones de trabajo, al crecer. Cualquier otra cosa que te olvides, como tus cuadernos o alguna tarea, papá te la acerca después.
Todo esto que te digo, mi amor, te va a servir para que consigas tu primer trabajo, y sepas comportarte con propiedad en él, porque una vez que termines la secundaria, vas a haber cosechado una gran cantidad de amigos, o novios, que te van a facilitar un puesto en cualquier lugar, en los trabajos de los papis. Yo siempre quiero lo mejor para vos. Así que en la universidad ni pienses, no hace falta, para eso están los amigos. Lo único que tenés que hacer es esperar la oportunidad, que siempre te da nuestro gobierno, para solicitar un trabajo tranquilo en alguna de sus tantas oficinas, con mucho mejor sueldo que te puede dar los títulos universitarios que tiene tu tonto padre.
Ahora, si no te gustó ninguno de los chicos, porque suele pasar que los más convenientes no son muy atractivos que digamos, siempre tenés la alternativa de las buenas amigas, aunque yo te sugiero que sea un novio, uno de esos amiguitos que conociste en la escuela, ¿te acordás? Ellos te van a querer mucho y no van a dejar que te falte nada.
Si tenés un novio así, como te dijo papi, hasta podés llegar a tener un mejor trabajo, un auto, una linda familia, una casa, y hasta puede ser que ni tengas que trabajar, para cuidarte yendo al gimnasio y a algún spa. Pero siempre tenés que tener un plan B, por si ningún amiguito tiene todas las características que te interesan.
Para esto siempre tenés que ver con qué amigas te juntás. Si estás en el trabajo no pierdas tiempo en hablar de los sentimientos con todas tus compañeras, hablá con las supervisoras y los jefes, y nunca, nunca les contradigas en nada. Acordáte que ellos siempre tienen la razón, y siempre organizan fiestas con los amigos buena onda. Así vas a llegar a visitar muchos lugares, viajar, y conocer muchos otros amiguitos de otros países.
Con ellos vas a conocer también gente muy inteligente que administra el país, y firman papeles para ayudar a la gente, y así podés conseguir un trabajo y hasta te pueden dar una casa, porque vos siempre fuiste buena con ellos. Y si no, seguro te van a decir dónde podés comprar una de las que ellos hacen para la gente humilde como nosotros, o te van a indicar en qué lugar podés elegir un terreno para tu nidito de amor.
Y cuando ya estés instalada en tu nidito, por pagar eso que dicen impuestos, rentas, o registros, patentes, y esas cosas difíciles de entender, no te preocupes, porque los mismos amigos del gobierno te van a ayudar a pagar en cuotas y te van a premiar por eso, porque ellos son los que más entienden sobre inversión mínima y ganancias máximas.
Así que, cuando pienses en el progreso para esta vida, ni siquiera consideres estudios de post grado o capacitación académica, eso es para los que tienen ganas de perder el tiempo hablando y diciendo pavadas. Mejor hacéte de miles de amigos, más conocidos como contactos, y disfrutá de la estética de esta vida cortando de las filas, llamando al jefe y no a la secretaria, colándote por el costado, zafando de los controles, en definitiva... viviendo como buena argentina.
Te amo, papi.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Lo que menos se ve, más se limpia


Cada vez entiendo menos al ser humano. Y eso que me considero uno de ellos. Es que cada vez que intento descifrar algo de nuestra naturaleza, me confundo más, porque definitivamente hacemos, o actuamos, en sentido totalmente contrario a lo que dicta el sentido común, el menos común de todos; y por otro lado, aun con ejemplos muy a la mano, no nos damos cuenta que podemos aprender mucho.
Tanto es así que no nos percatamos que por alguna razón muy aleccionadora, en nuestro propio cuerpo, limpiamos y cuidamos aquello que menos se ve. O acaso no nos tomamos el tiempo para sentarnos, poner los pies en agua tibia, dejar que la mugre se ablande, limpiarlos con un jaboncito aromatizado, limarles las pezuñas, dejarlos reposar, y colocarles una cremita, y talquito, y una vez listos, limpios, con las uñitas pintadas, esconderlos con medias y zapatos. Esto en la mayoría de los casos, claro, porque hay que recordar a aquellos que prefieren no darles tanta atención a las patas, y terminan sufriendo porque no pueden sacarse los zapatos en cualquier parte.
Lo mismo sucede con otros sectores del cuerpo, que despiden el mismo aroma que delata un buen cuidado o no. O acaso no les ha sucedido que después de deslumbrarse con el perfecto rostro de una bella dama, y su espectacular cuerpo, no pudieron dirigirle la palabra porque sus axilas no se lo permitieron. Las axilas de ella, aclaremos, porque nosotros los hombres evidentemente tenemos muchos más y peores olores que tampoco dejan que ellas nos dirijan la palabra. ¿Cuáles? No se hagan los desentendidos. Los mismos que salen de lugares del cuerpo que no se ven y no limpiamos. O acaso no arrugaron la nariz justo cuando les tocó abrir la boca. Les puedo asegurar que no fue porque no estaban de acuerdo con lo que ustedes decían justamente.
Así se prueba que lo que menos se ve, más se limpia, o más se tiene que limpiar, porque es lo que más daño puede hacer en el momento justo. Imagínense el efecto pueden tener unos dientes bien cuidaditos, limpios, y fragantes, o unos sin ningún tipo de cuidado, cuando bajo las luces tenues de los faroles en una playa el Cartagena de Indias, el caballero decide besar a su princesa. Por eso quizás tenemos vergüenza de mostrar, o tapamos, ciertas partes de nuestro ser, porque sabemos que de alguna u otra forma pueden darnos a conocer tal cual somos, sin necesidad de agregar alguna descripción. Tal es el caso de nuestra alma, la parte del ser que menos se ve y más deberíamos limpiar. Pero no queremos mostrarla porque generalmente no suele gozar de mucha higiene. O por qué creen ustedes que cuando en el ambiente se percibe algún resabio de falsedad, envidia, codicia, u odio, se dice “algo huele mal”. Justamente porque algún almita no se ha tomado el tiempo de sentarse, ponerse en agua tibia, dejar que la mugre se ablande, limpiarse con un jaboncito aromatizante, limarse las asperezas, pintarla con francesitas, y esconderla detrás de una hermosa sonrisa sincera, mientras se disfruta de la tranquilidad de sacarse los zapatos donde sea.

sábado, 25 de julio de 2009

El pobrecito nos tiene así


Un día, estando en una sala de espera, escuchaba con cierta sonrisa aprobadora a una señora, —a quien vamos a llamar doña Chona Benítez— que hablaba con otro señor –a quien vamos a llamar Zabello Todus— sobre la disciplina en la escuela y en la sociedad en general.
Llamativamente, en contra de todo supuesto, doña Chona siendo mujer apoyaba la disciplina férrea, con castigos que ella decía tienen que ir desde prohibiciones hasta una varita de ligustro por la cola; mientras que Zabello, un poco más joven que Chona, defendía la disciplina basada en el diálogo constante con los estudiantes y los niños, y el formato premio—castigo, de acuerdo a “perfomance” del infante o pupilo.
Deben imaginarse que, como sucede casi siempre, los dos inmediatamente encontraron apoyo y oposición entre los que estábamos allí presentes. Y justamente esta parte es la que hizo de la situación una experiencia interesante.
Unos, los más, apoyaban a Zabello, quien contaba anécdotas en las que los maestros con pura charla lograban hacer callar y trabajar a adolescentes incontrolables, y citaba películas con ejemplos varios, y a Gardner y a Piaget, y a Edison que fue un incomprendido en la anticuada enseñanza académica, y terminó siendo el genio que inventó la luz eléctrica.
Otros, los menos, apoyaban a Chona, pero escuchaban la disertación de Zabello y sus seguidores, como casi admirando su locuacidad y ademanes finos, y sincronizados. Chona, al lado de su quieto marido, sólo negaba con la cabeza, y decía bajo: “ya te va a tocar enseñar y vamos a ver los resultados”. Zabello, al principio, respondía al reto de la señora con otros ejemplos, y hasta involucró a su madre y a su abuela comparándolas con ella, y aseguraba que su progenitora no logró nada con “las palizas” y “las estúpidas prohibiciones”. El esposo de Chona sólo sonreía, al igual que los demás que ya empezábamos a notar que los decibeles de la discusión subían cada vez más.
En eso, casi como una paradoja de la vida, un niño de aproximadamente seis años, que estaba allí esperando también con ambos padres, empezó a pedir vehementemente una gaseosa, e insistía casi gritando “quiero una Coca, quiero una Coca”, hasta que llegó a las lágrimas incontrolables, y golpes de puño a la madre, que empezaron a dejar incómodos a todos los que observábamos.
Era muy notable que el padre del niño, habiendo apoyado a Zabello frente a todos, se sentía superado por la situación y no sabía qué hacer. Zabello acudió a su ayuda. Con toda paciencia se sentó frente al niño y le preguntó si podían hablar. El gurisito le dio la espalda gritando y se zambulló en el regazo de su madre. Zabello no renunció a su cometido. Hablándole le tomó del bracito y le preguntó nuevamente si podían hablar. El nene, sorpresivamente, se dio vuelta llorando y le dio una cachetada al educador, que sonó en toda la sala en silencio.
Zabello ocultó su orgullo, y dijo que no pasaba nada. Algunos presentes rieron a escondidas, y los padres se dieron cuenta que la situación no daba para más. Otros se acercaron a ayudar con golosinas, y juguetes improvisados, pero nada parecía calmar al chico. Zabello dirigía la estrategia educativa: “pobrecito, lo estamos ahogando, él sólo quiere expresarse, vamos a darle alternativas”, mientras Chona, por experiencia quizás se mantenía inmutable, aunque se le escuchaba decir en voz baja: “sí, sí, pobrecito, el pobrecito nos tiene así, pobrecito el ladrón que no le pegue la policía, porque roba para comer, pobrecito el que chocó en la calle y no respeta las leyes de tránsito, porque no hay nadie que le enseñe, pobrecito el que se escapa de la escuela, porque se aburre, pobrecito”.
El niño seguía descontrolado. Gritaba que quería una Coca, y empujaba a los que se acercaban, ante la total pasividad de los padres, que no atinaban a nada más que pedirle que se calle.
Cuando ya todos, aun los que apoyaban a Zabello, empezaban a decir que “una cosa es hablarle y darle alternativas y otra muy diferente cuando el nene no tiene educación ni control”, ante la sorpresa de todos, el marido de Chona se levanta con su figura de grandote abuelo bonachón, le mira al nene, que también lo mira sorprendido, se acerca a su pequeño oído, le dice algo, y el niño se calma inmediatamente, sin ni siquiera un sollozo más, y unos minutos después se duerme en los brazos de la madre.
Ante semejante prueba de que su teoría es más que efectiva, Zabello mira a Chona y le dice: “vio, señora, hasta su propio marido le mostró en frente suyo que la disciplina se debe aplicar con el diálogo”, e inflando el pecho le pide al abuelito: “cuéntenos por favor qué le dijo al chico, para que aprendamos”.
El anciano se sonroja, y aunque seguro, se incomoda un poco ante la atenta mira de todos, y cuenta: “sólo le dije que si no se callaba y se comportaba bien, iba sacar mi cinto para darle una paliza que tenían que haberle dado los padres, que estaban pasando vergüenza”.
Al fin y al cabo Zabello tenía razón: todos aprendimos.

miércoles, 8 de julio de 2009

El árbol rojo


Señora, ¡encontré un árbol rojo! ¡En realidad ví dos! Sí, estaba esperando el colectivo en la avenida Victoria Aguirre de Iguazú, frente al Hospital, y justo del otro lado, en el barrio de los guardaparques, había dos árboles de hojas rojas, ¡todas eran rojas! Les saqué una foto para que vea, ¡son preciosos!
Yo sé que el arbolito que pinté en su clase no estaba bien, porque usted dijo que los árboles no tenían hojas rojas. Y le confieso, hoy con treinta años, que nunca había visto un árbol de hojas rojas hasta ese momento, pero me imaginé uno y lo pinté así. Quiero agradecerle por haberme defendido de las burlas de mis compañeros, y decirme en voz baja que dibujara otro “más lindo y de hojas bien verdes”, como el que estaba en el patio de la escuela, justo del otro lado de la ventana.
Lo hice y mejoré la nota. Pero debo confesarle también que mis lágrimas de gurisito llorón no sólo fueron provocadas por mis compañeros que, como yo, siempre siguieron las instrucciones de la clase de manualidades al pie de la letra, sino también porque yo sinceramente quería que existiera un árbol rojo.
Claro, a los siete años no tenía idea que el árbol Estrella Federal (Ephorbia) quedara en un momento dado con todas sus hojas rojas, o que fuera un árbol, sólo lo había visto como una planta con flores rojas. Entonces seguí, toda mi vida, las reglas que usted tanto nos repetía, a veces con demasiada paciencia: No salgan de los contornos. No pasen las líneas de los renglones. Dejen un margen a la izquierda. No pinten apurados. Usen colores naturales. No rayen al pintar. Las hojas son verdes. El tronco es marrón y el agua es azul, como el cielo. El pasto es verde claro y la calle marrón. Las hormigas negras y los loros verdes.
Por esta paciencia también quiero agradecerle, porque en ese momento no entendía que usted nos estaba preparando para la vida de adultos en este mundo, en el cual, siguiendo las instrucciones que nos dio, me fue muy bien, le cuento, excepto cuando por alguna u otra razón quería pintar algún árbol de color rojo. Afortunadamente, antes de hacerlo me acordaba de lo sucedido en segundo grado y así muchas veces evité que mis compañeros, esta vez mucho más grandes y con mucha más experiencia, se burlaran de mi dibujo.
Sin embargo, por más que recibiera felicitaciones por haber seguido las reglas, en mis papales tuviese buenas notas y fuese considerado un buen empleado, seguía soñando con un árbol rojo, porque en mis días mientras caminaba por la vida veía árboles de hojas amarillas, agua de color marrón y verde, cielos grises, sol violeta, personas negras, amarillas, de marrón claro, y de colores inexplicables, igualmente lindas, bellas, y reales.Hoy encontré un árbol de hojas rojas, señora, todas rojas, y no sólo encontré uno sino dos, y puedo asegurarle que de ahora en más, por más que aconseje con las mismas instrucciones que usted, para que a los chicos les vaya bien en el mundo de los grandes, ya no voy a decirles que pinten las calles de marrón, ni el agua de azul, como el cielo, ni los loros verdes ni las hormigas negras, sino que creen el mundo como lo imaginan y el amor como lo sueñen.

lunes, 22 de junio de 2009

La honestidad de Juan Cruz

Éramos cuatro pasajeros en el colectivo local ese nublado jueves de mayo. En los últimos asientos iba sentado un hombre solo, que viajaba en su mundo, sin más compañía que la vista gris del otro lado de las ventanillas. El resto, otro hombre de unos cuarenta años, Juan Cruz a su lado, y yo, íbamos sentados en los primeros asientos hablando con el chofer, movidos quizás por la parsimonia tan humana de esos días otoñales, más fuertes que la prohibición de diálogo con el que maneja.
Todos veníamos desde la zona hotelera del Kilómetro 5, aunque cuando subí en la parada del barrio Orquídeas ya estaban sentados los otos tres que, como ocurre siempre que hay pocos pasajeros, callan al ver subir a uno más hasta que éste se sienta y se acomoda, y da lugar, o no, a que continúe la charla.
Tal fue nuestro caso, y la charla continuó amena, con temas varios que siempre incluyen el estado del tiempo, con lluvia ahora, pero que ya hacía falta, pero la gente igual se queja, y nada nos conforma, pero qué bueno que las Cataratas tengan agua de acá por lo menos, porque está medio fea la mano, y el colectivo por esta zona anda bien, pero por los barrios de por allá no se puede ni entrar, y salir ni te digo, pero bueno así no más es, pero la gente no ve eso, viste, y sí, todos quieren que les vayan a buscar hasta el frente de su casa, y se quejan de los choferes como si nosotros tenemos que arreglar las calles, pero ustedes también a veces no tienen paciencia, si todos nos ponemos de acuerdo podemos exigir que las calles se arreglen, pero la gente no entiende parece, y siempre elige a los mismos, y mirá nosotros acá peleándonos entre nosotros en vez de hacer algo… y todo terminó siendo la culpa del intendente, como siempre.
Ninguno de nosotros, ni siquiera el solitario del fondo, se percató de la importante presencia de Juan Cruz hasta que llegamos a la altura de la rotonda de ingreso a la ciudad. Tal vez, como una cachetada de algún maestro omnipresente, en el preciso momento en que todos hicimos una pausa en la charla, el pequeño se levantó, se colocó de pie junto al chofer, y le pasó treinta centavos del boleto estudiantil.
-¿Por qué me das esto? –reaccionó el conductor.
- Porque yo subí acá, cuando usted iba para el kilómetro cinco, y ahora estoy volviendo para el centro, tengo que pagarle el pasaje de nuevo –contestó el niño.
La saliva que pasó por nuestras gargantas no permitió agregar nada más.
Fue Juan Cruz Caetano de nueve años, estudiante de primaria de la Ciudad de Iguazú.