miércoles, 12 de agosto de 2009

Lo que menos se ve, más se limpia


Cada vez entiendo menos al ser humano. Y eso que me considero uno de ellos. Es que cada vez que intento descifrar algo de nuestra naturaleza, me confundo más, porque definitivamente hacemos, o actuamos, en sentido totalmente contrario a lo que dicta el sentido común, el menos común de todos; y por otro lado, aun con ejemplos muy a la mano, no nos damos cuenta que podemos aprender mucho.
Tanto es así que no nos percatamos que por alguna razón muy aleccionadora, en nuestro propio cuerpo, limpiamos y cuidamos aquello que menos se ve. O acaso no nos tomamos el tiempo para sentarnos, poner los pies en agua tibia, dejar que la mugre se ablande, limpiarlos con un jaboncito aromatizado, limarles las pezuñas, dejarlos reposar, y colocarles una cremita, y talquito, y una vez listos, limpios, con las uñitas pintadas, esconderlos con medias y zapatos. Esto en la mayoría de los casos, claro, porque hay que recordar a aquellos que prefieren no darles tanta atención a las patas, y terminan sufriendo porque no pueden sacarse los zapatos en cualquier parte.
Lo mismo sucede con otros sectores del cuerpo, que despiden el mismo aroma que delata un buen cuidado o no. O acaso no les ha sucedido que después de deslumbrarse con el perfecto rostro de una bella dama, y su espectacular cuerpo, no pudieron dirigirle la palabra porque sus axilas no se lo permitieron. Las axilas de ella, aclaremos, porque nosotros los hombres evidentemente tenemos muchos más y peores olores que tampoco dejan que ellas nos dirijan la palabra. ¿Cuáles? No se hagan los desentendidos. Los mismos que salen de lugares del cuerpo que no se ven y no limpiamos. O acaso no arrugaron la nariz justo cuando les tocó abrir la boca. Les puedo asegurar que no fue porque no estaban de acuerdo con lo que ustedes decían justamente.
Así se prueba que lo que menos se ve, más se limpia, o más se tiene que limpiar, porque es lo que más daño puede hacer en el momento justo. Imagínense el efecto pueden tener unos dientes bien cuidaditos, limpios, y fragantes, o unos sin ningún tipo de cuidado, cuando bajo las luces tenues de los faroles en una playa el Cartagena de Indias, el caballero decide besar a su princesa. Por eso quizás tenemos vergüenza de mostrar, o tapamos, ciertas partes de nuestro ser, porque sabemos que de alguna u otra forma pueden darnos a conocer tal cual somos, sin necesidad de agregar alguna descripción. Tal es el caso de nuestra alma, la parte del ser que menos se ve y más deberíamos limpiar. Pero no queremos mostrarla porque generalmente no suele gozar de mucha higiene. O por qué creen ustedes que cuando en el ambiente se percibe algún resabio de falsedad, envidia, codicia, u odio, se dice “algo huele mal”. Justamente porque algún almita no se ha tomado el tiempo de sentarse, ponerse en agua tibia, dejar que la mugre se ablande, limpiarse con un jaboncito aromatizante, limarse las asperezas, pintarla con francesitas, y esconderla detrás de una hermosa sonrisa sincera, mientras se disfruta de la tranquilidad de sacarse los zapatos donde sea.

sábado, 25 de julio de 2009

El pobrecito nos tiene así


Un día, estando en una sala de espera, escuchaba con cierta sonrisa aprobadora a una señora, —a quien vamos a llamar doña Chona Benítez— que hablaba con otro señor –a quien vamos a llamar Zabello Todus— sobre la disciplina en la escuela y en la sociedad en general.
Llamativamente, en contra de todo supuesto, doña Chona siendo mujer apoyaba la disciplina férrea, con castigos que ella decía tienen que ir desde prohibiciones hasta una varita de ligustro por la cola; mientras que Zabello, un poco más joven que Chona, defendía la disciplina basada en el diálogo constante con los estudiantes y los niños, y el formato premio—castigo, de acuerdo a “perfomance” del infante o pupilo.
Deben imaginarse que, como sucede casi siempre, los dos inmediatamente encontraron apoyo y oposición entre los que estábamos allí presentes. Y justamente esta parte es la que hizo de la situación una experiencia interesante.
Unos, los más, apoyaban a Zabello, quien contaba anécdotas en las que los maestros con pura charla lograban hacer callar y trabajar a adolescentes incontrolables, y citaba películas con ejemplos varios, y a Gardner y a Piaget, y a Edison que fue un incomprendido en la anticuada enseñanza académica, y terminó siendo el genio que inventó la luz eléctrica.
Otros, los menos, apoyaban a Chona, pero escuchaban la disertación de Zabello y sus seguidores, como casi admirando su locuacidad y ademanes finos, y sincronizados. Chona, al lado de su quieto marido, sólo negaba con la cabeza, y decía bajo: “ya te va a tocar enseñar y vamos a ver los resultados”. Zabello, al principio, respondía al reto de la señora con otros ejemplos, y hasta involucró a su madre y a su abuela comparándolas con ella, y aseguraba que su progenitora no logró nada con “las palizas” y “las estúpidas prohibiciones”. El esposo de Chona sólo sonreía, al igual que los demás que ya empezábamos a notar que los decibeles de la discusión subían cada vez más.
En eso, casi como una paradoja de la vida, un niño de aproximadamente seis años, que estaba allí esperando también con ambos padres, empezó a pedir vehementemente una gaseosa, e insistía casi gritando “quiero una Coca, quiero una Coca”, hasta que llegó a las lágrimas incontrolables, y golpes de puño a la madre, que empezaron a dejar incómodos a todos los que observábamos.
Era muy notable que el padre del niño, habiendo apoyado a Zabello frente a todos, se sentía superado por la situación y no sabía qué hacer. Zabello acudió a su ayuda. Con toda paciencia se sentó frente al niño y le preguntó si podían hablar. El gurisito le dio la espalda gritando y se zambulló en el regazo de su madre. Zabello no renunció a su cometido. Hablándole le tomó del bracito y le preguntó nuevamente si podían hablar. El nene, sorpresivamente, se dio vuelta llorando y le dio una cachetada al educador, que sonó en toda la sala en silencio.
Zabello ocultó su orgullo, y dijo que no pasaba nada. Algunos presentes rieron a escondidas, y los padres se dieron cuenta que la situación no daba para más. Otros se acercaron a ayudar con golosinas, y juguetes improvisados, pero nada parecía calmar al chico. Zabello dirigía la estrategia educativa: “pobrecito, lo estamos ahogando, él sólo quiere expresarse, vamos a darle alternativas”, mientras Chona, por experiencia quizás se mantenía inmutable, aunque se le escuchaba decir en voz baja: “sí, sí, pobrecito, el pobrecito nos tiene así, pobrecito el ladrón que no le pegue la policía, porque roba para comer, pobrecito el que chocó en la calle y no respeta las leyes de tránsito, porque no hay nadie que le enseñe, pobrecito el que se escapa de la escuela, porque se aburre, pobrecito”.
El niño seguía descontrolado. Gritaba que quería una Coca, y empujaba a los que se acercaban, ante la total pasividad de los padres, que no atinaban a nada más que pedirle que se calle.
Cuando ya todos, aun los que apoyaban a Zabello, empezaban a decir que “una cosa es hablarle y darle alternativas y otra muy diferente cuando el nene no tiene educación ni control”, ante la sorpresa de todos, el marido de Chona se levanta con su figura de grandote abuelo bonachón, le mira al nene, que también lo mira sorprendido, se acerca a su pequeño oído, le dice algo, y el niño se calma inmediatamente, sin ni siquiera un sollozo más, y unos minutos después se duerme en los brazos de la madre.
Ante semejante prueba de que su teoría es más que efectiva, Zabello mira a Chona y le dice: “vio, señora, hasta su propio marido le mostró en frente suyo que la disciplina se debe aplicar con el diálogo”, e inflando el pecho le pide al abuelito: “cuéntenos por favor qué le dijo al chico, para que aprendamos”.
El anciano se sonroja, y aunque seguro, se incomoda un poco ante la atenta mira de todos, y cuenta: “sólo le dije que si no se callaba y se comportaba bien, iba sacar mi cinto para darle una paliza que tenían que haberle dado los padres, que estaban pasando vergüenza”.
Al fin y al cabo Zabello tenía razón: todos aprendimos.

miércoles, 8 de julio de 2009

El árbol rojo


Señora, ¡encontré un árbol rojo! ¡En realidad ví dos! Sí, estaba esperando el colectivo en la avenida Victoria Aguirre de Iguazú, frente al Hospital, y justo del otro lado, en el barrio de los guardaparques, había dos árboles de hojas rojas, ¡todas eran rojas! Les saqué una foto para que vea, ¡son preciosos!
Yo sé que el arbolito que pinté en su clase no estaba bien, porque usted dijo que los árboles no tenían hojas rojas. Y le confieso, hoy con treinta años, que nunca había visto un árbol de hojas rojas hasta ese momento, pero me imaginé uno y lo pinté así. Quiero agradecerle por haberme defendido de las burlas de mis compañeros, y decirme en voz baja que dibujara otro “más lindo y de hojas bien verdes”, como el que estaba en el patio de la escuela, justo del otro lado de la ventana.
Lo hice y mejoré la nota. Pero debo confesarle también que mis lágrimas de gurisito llorón no sólo fueron provocadas por mis compañeros que, como yo, siempre siguieron las instrucciones de la clase de manualidades al pie de la letra, sino también porque yo sinceramente quería que existiera un árbol rojo.
Claro, a los siete años no tenía idea que el árbol Estrella Federal (Ephorbia) quedara en un momento dado con todas sus hojas rojas, o que fuera un árbol, sólo lo había visto como una planta con flores rojas. Entonces seguí, toda mi vida, las reglas que usted tanto nos repetía, a veces con demasiada paciencia: No salgan de los contornos. No pasen las líneas de los renglones. Dejen un margen a la izquierda. No pinten apurados. Usen colores naturales. No rayen al pintar. Las hojas son verdes. El tronco es marrón y el agua es azul, como el cielo. El pasto es verde claro y la calle marrón. Las hormigas negras y los loros verdes.
Por esta paciencia también quiero agradecerle, porque en ese momento no entendía que usted nos estaba preparando para la vida de adultos en este mundo, en el cual, siguiendo las instrucciones que nos dio, me fue muy bien, le cuento, excepto cuando por alguna u otra razón quería pintar algún árbol de color rojo. Afortunadamente, antes de hacerlo me acordaba de lo sucedido en segundo grado y así muchas veces evité que mis compañeros, esta vez mucho más grandes y con mucha más experiencia, se burlaran de mi dibujo.
Sin embargo, por más que recibiera felicitaciones por haber seguido las reglas, en mis papales tuviese buenas notas y fuese considerado un buen empleado, seguía soñando con un árbol rojo, porque en mis días mientras caminaba por la vida veía árboles de hojas amarillas, agua de color marrón y verde, cielos grises, sol violeta, personas negras, amarillas, de marrón claro, y de colores inexplicables, igualmente lindas, bellas, y reales.Hoy encontré un árbol de hojas rojas, señora, todas rojas, y no sólo encontré uno sino dos, y puedo asegurarle que de ahora en más, por más que aconseje con las mismas instrucciones que usted, para que a los chicos les vaya bien en el mundo de los grandes, ya no voy a decirles que pinten las calles de marrón, ni el agua de azul, como el cielo, ni los loros verdes ni las hormigas negras, sino que creen el mundo como lo imaginan y el amor como lo sueñen.

lunes, 22 de junio de 2009

La honestidad de Juan Cruz

Éramos cuatro pasajeros en el colectivo local ese nublado jueves de mayo. En los últimos asientos iba sentado un hombre solo, que viajaba en su mundo, sin más compañía que la vista gris del otro lado de las ventanillas. El resto, otro hombre de unos cuarenta años, Juan Cruz a su lado, y yo, íbamos sentados en los primeros asientos hablando con el chofer, movidos quizás por la parsimonia tan humana de esos días otoñales, más fuertes que la prohibición de diálogo con el que maneja.
Todos veníamos desde la zona hotelera del Kilómetro 5, aunque cuando subí en la parada del barrio Orquídeas ya estaban sentados los otos tres que, como ocurre siempre que hay pocos pasajeros, callan al ver subir a uno más hasta que éste se sienta y se acomoda, y da lugar, o no, a que continúe la charla.
Tal fue nuestro caso, y la charla continuó amena, con temas varios que siempre incluyen el estado del tiempo, con lluvia ahora, pero que ya hacía falta, pero la gente igual se queja, y nada nos conforma, pero qué bueno que las Cataratas tengan agua de acá por lo menos, porque está medio fea la mano, y el colectivo por esta zona anda bien, pero por los barrios de por allá no se puede ni entrar, y salir ni te digo, pero bueno así no más es, pero la gente no ve eso, viste, y sí, todos quieren que les vayan a buscar hasta el frente de su casa, y se quejan de los choferes como si nosotros tenemos que arreglar las calles, pero ustedes también a veces no tienen paciencia, si todos nos ponemos de acuerdo podemos exigir que las calles se arreglen, pero la gente no entiende parece, y siempre elige a los mismos, y mirá nosotros acá peleándonos entre nosotros en vez de hacer algo… y todo terminó siendo la culpa del intendente, como siempre.
Ninguno de nosotros, ni siquiera el solitario del fondo, se percató de la importante presencia de Juan Cruz hasta que llegamos a la altura de la rotonda de ingreso a la ciudad. Tal vez, como una cachetada de algún maestro omnipresente, en el preciso momento en que todos hicimos una pausa en la charla, el pequeño se levantó, se colocó de pie junto al chofer, y le pasó treinta centavos del boleto estudiantil.
-¿Por qué me das esto? –reaccionó el conductor.
- Porque yo subí acá, cuando usted iba para el kilómetro cinco, y ahora estoy volviendo para el centro, tengo que pagarle el pasaje de nuevo –contestó el niño.
La saliva que pasó por nuestras gargantas no permitió agregar nada más.
Fue Juan Cruz Caetano de nueve años, estudiante de primaria de la Ciudad de Iguazú.

jueves, 21 de mayo de 2009

El dengue produce amnesia


Aunque no lo diga a quien corresponda, la mayoría tiene atravesada en la garganta, como un hueso de pollo viejo, las ganas de gritarle a cierto sector de la prensa que tiene tendencia o animosidad para informar sobre “ciertos” temas en “ciertos” momentos, para afectar a “cierto” sector, o simplemente darse “cierto” gustito infantil de decir “le cagamos a fulano o a mengano” (perdón a los puritanos, pero así dicen).
Lo cierto es que nada hay de cierto en ciertos temas tratados inciertamente en ciertos momentos, que ciertamente causan incertidumbre entre el público que acertadamente busca una explicación cierta y honesta. Y la verdad es que muy pocos saben que todo es producto de una nueva epidemia, o efecto secundario, producido por las mismas enfermedades que se informan.
Y si no, díganme fueron víctimas de cierta epidemia de amnesia, producida por la misma picadura del Aedes. No es que se olvidaron del tema, aunque actualmente haya 40 casos sospechosos en nuestra ciudad (publicado por este medio este jueves 21), y de repente de tres a cuatro notas diarias sobre el dengue, pasaron a una cada semana y luego ninguna en un mes; si no es cierto cuando -como autocrítica lo digo, porque lo habíamos advertido- ¡qué pasó con el dengue! Adónde fueron a parar los que insistían en que se ocultaban ciertos datos para beneficiar a cierto sector en cierta temporada. Les cuento que estos, sin notarlo, es que, como les dije, están convalecientes de una amnesia crónica que ataca justamente la memoria de corto plazo.
¡Ay, perdón! Me apresuré en juzgar a mis queridos colegas, pido disculpas. Es que me olvidé que un tiempo después apareció la gripe porcina, o H1N1, y claro, merecía un lugar más importante, un “tratamiento” más importante, por la gravedad de la enfermedad, por supuesto. Hay gente que muere por la gripe del chochan, no es joda eso. Y esto del puerco casualmente cayó en la época de elecciones, armado de partidos, y campañas, pero es casualidad, les aseguro, pura casualidad. Además, ¡qué tiene que ver el chiquero con las elecciones!
La cuestión es que la mezcla de información causó otra epidemia, que tiene efectos inexplicables entre los que en alguna oportunidad tuvieron contacto con las enfermedades, aun solamente comunicando. Algunos aseguran que el Aedes, por ejemplo, fue contaminado “apropósitamente” por cierto sector turístico de cierta zona sur de nuestro país, para que los comunicadores morales de esta zona norte, que descubrieron datos ocultos siniestramente sobre la epidemia, se olvidaran del dengue hasta una semana antes de la próxima temporada alta de cierto destino que tiene agua. ¡El agua!
¡Ay!, pido disculpas nuevamente, caí en el mismo error de prejuicio hacia mis colegas. Acepto mi ignorancia. Me olvidé (me habrá picado un Aedes) que a la falta de agua, tan común en esta época del año en las Cataratas, tuvo que dársele “la prioridad” que se merece por tener mucha más importancia que dos simples epidemias que pueden causar la muerte.
Es verdad, ruego me perdonen, hay que buscar “datos ocultos” sobre el nivel del río Iguazú, que ciertos medios como este intentan tapar para beneficiar a cierto sector; y hay que hacerse eco de información brindada desde lejos sin consultas hasta que cierto medio como este salga a desmentir con datos oficiales para proteger a un minúsculo destino que nada tiene que ver con nuestro sustento.
¡Dejémonos de pavadas, vayamos corriendo hasta la oficina del director o jefe de redacción y digámosle lo que pensamos! Che, con esto del chancho y la falta de agua en Cataratas, no le estamos dando bola al dengue, nos olvidamos de darle un seguimiento (efecto secundario de la amnesia del Aedes), y ya están saliendo opiniones sobre eso, ¿qué hacemos?, ¿seguimos averiguando sobre casos o esperamos hasta la temporada de vacaciones de julio para darle con todo de nuevo? Digámosle lo que pensamos, aunque sepamos que nos sugerirá una “contraopinión” que hable sobre el límite de la información y la responsabilidad del comunicador, con un estilo y altura diferente a este boludito delirante, que lo único que hace es criticar y adelantar actitudes propias de profesionales serios como nosotros.

domingo, 10 de mayo de 2009

Nadie se va a dar cuenta

Como ocurrió en la fiesta en la que sólo había botellas de agua porque todos decidieron llevar eso para tomar total quién se va a dar cuenta, así ocurre casi imperceptiblemente pero con mucho peor efecto en nuestro existir en este planeta.
Desde hoy voy tarde total está lloviendo y todos llegan unos minutos después y nadie se va a dar cuenta, hasta si no lleno las planillas hoy quién lo va a notar si ni siquiera se dan cuenta que existo, todas esas decisiones se transforman en la razón de las situaciones menos deseadas de la cotidianeidad.
Claro, el problema es que uno piensa que no se van a dar cuenta, olvidándose de las probabilidades según la muy conocida ley de Murphy. Esa que dice que cuando uno sale sin paraguas porque “piensa” que no va a llover, lo más “probable” es que vuelva empapado no sólo del agua celestial sino de los que “a propósito” pasan por el charco de al lado y salpican agua podrida hasta el iris izquierdo.
Exactamente lo mismo nos sucede cuando decidimos atrasar “unos minutos” el despertador porque está lloviendo total si llegamos unos minutos tarde al laburo nadie lo va a notar, y cuando estamos “arreglando” el reloj pensamos en la excusa que vamos a poner si “por las dudas” todos llegan temprano. Pero, al parecer, por más que cuando lleguemos “un poquito” tarde y todos los compañeros (y el jefe) desde sus puestos de trabajo nos miren con esos ojos diabólicos e insensibles a todo problema humano, diciéndonos che, qué caradura hace media hora paró de llover, nosotros no aprendemos, porque en el mismo segundo que comienza a “gotear” en otra oportunidad ya preparamos la misma estrategia.
En este punto puedo sentir los engranajes de la mente de cada uno de los que leen, diciendo sí es verdad pero yo nunca hice eso. Sí, sí, claro. De la misma manera reaccionamos cuando un sociólogo culmina su estudio y dice que la responsabilidad de la falta de un buen gobierno es de cada ciudadano, y nuestros engranajes mentales dicen sí, la verdad, si esos ignorantes aprendieran a votar como yo, este país sería otra cosa. Sí, porque yo voté por el otro. Eso comprueba que sucede, imperceptiblemente guaú, pero sucede que cuando vamos al cuarto oscuro decidimos yo voy a votar por este que me bancó cuando contrabandeaba mercadería del Brasil total quién se va a dar cuenta, y después digo que voté por ese que camina los barrios y ayuda a los huérfanos, total quién se va a dar cuenta, y ¡zas! Sale electo el menos deseado, el más impresentable, el más corrupto, y el que durante cuatro años te rompe el (¡”$·&/()!) y te tiene de rodillas como un (¡%&·”!) rogándole que te consiga esto o aquello. Y nadie se da cuenta que lo elegimos. Total después nosotros nos mandamos un discurso sobre la necesidad de educar a los chicos acerca de la democracia y saber elegir, y ponemos ejemplos de antes cuando no pasaban estas cosas, y por Dios qué barbaridad estos chicos de hoy no saben ni donde están parados, y que vergüenza estos políticos actuales que buscan su beneficio propio, porque antes por lo menos hacían sus cositas y nadie se daba cuenta. ¡Mirá! ¡Qué casualidad! ¡Como cuando llegaste tarde al laburo!

domingo, 3 de mayo de 2009

Pobre mi blogcito

Pobre mi blogcito. Hace tiempo que no escribo algo en mi blog. Acabo de expresar algo muy lógico y evidente, casi estúpido, o boludo para los lectores de blogs, y más para los que ingresan a menudo a La Voz y ven al lado de mi carita de cumpleaños feliz el mismo título que dediqué a Tita y a Toto hace ya aproximadamente un mes.
No hay excusa que valga la explicación del por qué no he escrito algo, por eso no voy a decirles que el trabajo de todos los días ni que el momento político, ni que los días hoy corren más rápido, ni que trabajar en un medio gráfico virtual es una ocupación de 24 horas, ni que estamos metidos en una gran cantidad de actividades. Porque, primero, no me van a creer y segundo tampoco voy a encontrar la manera de satisfacerlos, así que sólo empiezo a escribir nuevamente y listo. ¿’tamo?
Ocurrieron muchas situaciones interesantes desde la última vez que aconsejé a Tita y a Toto. Algunos me dijeron que Toto ahora se hace llamar Jack, y que a Tita, aunque sin conocerme, no le desagradó la idea de llamarse Amy, y que ambos rieron sin recato al entender las indirectas que, según ellos, sirvieron más para que los otros candidatos abran los ojos que como guía a seguir.
También me comentaron que algunos, quizás los de siempre, no entendieron la ironía de las recomendaciones y dispararon a mansalva cañonazos oportunistas para desbaratar la imagen de humano perfecto que tengo y llevo con honor. Otros, dicen que, aprovecharon el caso y se les acercaron a decir “esa gente es así, siempre tira mala honda”, sin esperar quizás que Tita y Toto después se reirían de tales con el autor de los digresionados consejos.
La vida es así. Algunos entienden, otros no. Algunos ven una oportunidad para reír, otros para atacar. Algunos abren los ojos calladitos, otros se cierran cada vez más.
También se sucedieron varias situaciones de noticias, algunas harto conocidas y otras no tanto. Visitaron nuestra ciudad, por ejemplo, no como ejemplo, algunos diputados nacionales misioneros para “hablar de la problemática -les encanta esta palabra a los políticos- de la construcción de una nueva represa en el Río Iguazú”. Y hablaron, mucho. Y como en el caso de Tita y Toto, algunos se aprovecharon muy bien de la situación: los brasileños invitados nos hicieron ruborizar denunciando el desastre que somos en la frontera, y sin pelos en la lengua. Obviamente, como argentinos desde y hasta la cepa, no aceptamos que “los brasucas vengan a decirnos lo que hacemos mal”, por más que nosotros mismos en nuestras casas y en vastas charlas con amigos denunciemos y digamos que estamos hartos de los controles de la frontera, “que solo sirven para perjudicar el comercio de la ciudad”. Ahora resulta que, después que los brasucas con mucho huevo nos pintaran la cara en nuestra propia casa, los mismos que llevan adelante proyectos y reclamos para que se flexibilicen los controles, dicen que “todo está en orden y que en realidad ya se está trabajando para mejorar”. Esperemos que estos “mismos” no anden llorando por los medios cuando vean que “los mismos” no le dan bola, como no lo hacen hace 200 años de país. Gataflorismo argentino al mango.
De las noticias que no se conocieron tanto, ni por los medios ni por mi blogcito guaú, son las de las formaciones de listas y candidaturas para las próximas elecciones. Pero, como siempre, algunos se aprovechan al máximo para sacar “sus conclusiones”. Por acá se apoya, se felicita, se abraza, se da lugar para opinar, que por fin un cambio con un sublema diferente, que risas y gastadas. Y por allá, después de unos días, no yo no lo apoyo porque se vendió, porque me dijo una cosa y era otra, porque nosotros siempre mantuvimos la misma línea (excepto cuando lo apoyamos antes), y nunca decimos algo que motive a votar por A o por B.La vida es así. Algunos entienden, otros no. Algunos ven una oportunidad para reír, otros para atacar. Algunos abren los ojos calladitos, otros se cierran cada vez más. Y yo, como un boludo, observo lo que pasa y no escribo para mi pobre blogcito. Típico gataflorismo personal.