miércoles, 16 de diciembre de 2009

Chau, Iguazú

Chau, Iguazú. Me voy. Y esta vez debo reconocer que voy a extrañarte con cada milímetro de mi ser, más, mucho más que aquella vez, hace años, que me fui por primera vez.
Quedan tus ojos verdosos prendidos a los míos, y tus marcas rojo fuego impregnadas en mi piel. Queda también tu letanía forjada en años de indiferencia, que te hace tan apacible y a la vez tan apática, como un conflicto entre lo que siempre soñé y lo que soy.
Quedan las horas que te regalé, y me regalaste, escondidas en el alma, estudiándote, leyéndote, hablándote, saboreándote, observándote, amándote.
Quedan aquí inertes, pero vivas, las palabras en guaraní que te las ofrecí al oído, buscando vanamente que me sonrieras aprobándome en algún rincón de tus lares nativos. Pero, prometo llevarme solamente las sonrisas trigueñas de orgullosas miradas humildes brotadas de las venas del basural, de un conductor de remisse, del monte Mbya, y de algún gastronómico perdido que me escuchó; y prometo desterrar al desván del olvido sangrante las burdas burlas de los que apenas te conocen y se conocen, y prefieren venerar el tono disonante y la licenciatura en lengua inglesa.
Te dejo mis pies en las eternas veredas desparejas, y en las repentinamente nuevas, en las terradas y en las hoscas, en las exclusivas y en las olvidadas. Te dejo mi andar en los rincones impensados, en los mil veces visitados, y en los que hubiera dado mis días para verte crecer.
Te dejo mis trazos madrugadores buscando la mejor manera de contarte quién sos, qué pasa, que hace falta, qué pasará. Dejo también mis letras, y con ellas mis manos, con las que supe acariciarte sin fin, y las que jamás me atreví tan siquiera a levantarlas para agredirte y solo las tenía para defenderte. Te las dejo en donde quieras. Quizás en algún saludo, de los que era imposible desprenderse mientras te recorría. Quizás en algún mate, que sabroso me enamoraba. Quizás en las flores, que como espejos de tu sonrisa me encendían. Quizás en las ideas, que aun desterradas brotarán del polvo algún día. Quizás en los sueños de los gurises que nunca se olvidan.
Te dejo, además, sin excusas, porque la tristeza no tiene razones sino sangre dormida, muerta, pasada. Te dejo casi sin vida, por dentro ya no existo, solo recuerda que te recuerdo y que sin amor no resisto. Te dejo con tus alegrías, tus conflictos, y tu destrato, y resuelvo olvidarme que castigás la ayuda y la ternura y premiás los maltratos. Te dejo a ellos, los señores del micrófono, y los de los sillones rimbombantes, esos que en su intento de enseñarte a crecer se olvidaron crecer y son adultos infantes. Dejo también tu veneración a la fortuna, que te hacen ver en un mosquito carne vacuna, y cambiar en segundos tu enojo por ternura. Pero dejo también mis pasos, esos que los di convencido a tu lado, por creer que sos un paraíso verde, rojo, azulado, que solo precisa de un amor entregado. Te dejo así, esperando con el alma a que te prefieran crecida, pacífica, madura, nativa, y sencilla, y que aprendan a quererte con la simple vista. Y te dejo a ella, mi todo, que algún día me verá volver con la inundación o algún amor turista.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Sombra y agua fresca

La siesta traía consigo el incomparable calor misionero, arrastrado con letanía por el silencio de sudor constante, de ojos entreabiertos hacia las hojas que mecía el Jasy Jateré, entre recuerdos y sueños de otros días perdidos en las nubes de plomo.
La mano buscaba reposo en el apoyabrazos invisible, y de vez en cuando se estiraba inconciente para encontrar la otra allí cerca, tibia, con pequeños pliegues trigueños, y caricias tan inconfundibles, que llevaban al reposo inmediato a la misma hora, todos los días. Pero, volvía resignada, cansada, sudorosa, triste. Ya no estaba allí.
Los ojos la buscaban igual, insistiendo a que la vida regrese con sus sentidos y su aroma. Miraban largos ratos a la derecha, eternos lapsos a la izquierda. Nada.
Entonces la cabeza se hundía en un dormitar sin sueño ni sueños, como en las tardes que allí corría un pequeña silueta que lo hacía sonreír, sin importar que el planeta fuese una esfera o un plato, hasta que una chicharra hacía que el mundo lo tocara de nuevo con las hojas de sus dedos.
Allá sonaba un martillo persistente entre la brisa de los pensamientos que dibujaban su piel de tierra roja, inmensos verdes, mate y araucarias. Acá, la humedad subía mientras de la frente bajaba una gota amarga surcando el día, silencioso de nuevo. El Jasy ahora no mueve ninguna hoja y la vida cae en un aire denso, pesado, pegajoso.
Ayer no más se le escaparon las historias, que hoy deben andar vagando aguas abajo. Ayer no más las mismas flores que hoy lo miran caliginosas fueron una sonrisa cómplice. Ayer no más los surcos no eran vestigios, eran caminos de la mano. Ayer no más la siesta era otra.
Una hormiguita pasa oronda sobre el dedo gordo del pie, buscando su propia picada hacia el manjar lejano; y un pitogüé perdido festeja su cascarudo. Cada cual andando su trilla, volando su existencia, tocando la vida. Ahora las manos se tornan hacia arriba desganadas y roban a los ojos una pena: no está más, ya no hay roces, no están las otras manos.
La quietud embarga el corazón de entre la saliva que baja casi alcanzando los huesos. El mundo es el mismo pero otro, con la misma siesta de acá, ignorada tantas veces entre los sonidos del monte, pero con otro aire; con el mismo verde, pero de tono distinto, con el mismo misterio, pero con otro Jasy. Ya no hay retozos infinitos, ya no suena el aire de su aliento.Entonces vuela hasta el recuerdo, sueña despacito, cabecea sin sentido, mueve la vista, orea el ambiente, vacila entre la ciudad ideal y la que hoy grita en las calles, muere entre el deseo de verla diferente y las ganas de no volver a verla nunca más, sigue vagabundo entre el misterio del pueblo y la incomprensible gente, muerde la lengua que quiere gritar te amo y la suelta entre lágrimas mudas, remueve los pies entre el polvo omnipresente y los brazos del sol que verdeaban sus ojos, y la ve hermosa, única, sinceramente inolvidable, entre la sencillez de la sombra y el agua fresca.

martes, 24 de noviembre de 2009

Estamo' gestionando eso

Estamos gestionando con la gente que corresponde. Ya está, no te preocupes. Estamos dándole forma a un proyecto sobre el tema. Estamos analizando y articulando con las partes involucradas. Todas frases muy comunes de gente muy común, con la que hablamos y elegimos comúnmente. ¿Gestionar es sinónimo de hacer?, ¿sólo los políticos utilizan esas frases?
Los primeros que aparecen en la mente cuando tocamos este tema son los políticos. Seguramente porque ellos son los que más utilizan esas frases y la palabra gestionar. Pero, ¿sólo a ellos pertenecen las frases y la palabra?, ¿o también es una cuestión cultural inherente a nuestra idiosincrasia?
Hace un tiempo escuché decir a un antropólogo, de esos que tienen ganas de estudiar al ser humano y sus conductas, que el don de la palabra fue y es la más respetada en la práctica de la política. Según él, porque es la manera por excelencia para transmitir el pensamiento, las ideas, las convicciones, y los argumentos. Y tiene razón, no hay mejor manera de expresar conceptos que hablando, ¡y cómo se sufre cuando no hay palabras o cuando no sabemos usarlas!
Sin embargo, las palabras no sólo son utilizadas por los políticos. Es un don, un regalo, una habilidad netamente humana, es decir, las tenemos y utilizamos todos. Y cuando por algún motivo no las tenemos, las reemplazamos con señas, gestos, y miradas, que también expresan excelentemente, pero no logran sustituirlas completamente. Entonces, volvemos a ellas para transformar nuestros pensamientos en sonidos codificados que son interpretados por los que los escuchan. ¡Realmente un milagro!
Pero, como siempre, no todo es perfecto ni milagroso en esta vida, y las palabras pueden ser una maldición también. Por ello, quizás, a través de la historia, algunos aconsejaron usarlas lo menos posible, para evitar problemas. De aquí los refranes “en boca cerrada no entra mosca” y “uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice”, y otros sabios consejos, que por cierto, no es necesario decirlo, casi nadie obedece.
Es por esto que existen algunas expresiones y términos que se repiten con increíble frecuencia en las conversaciones diarias, casi sin pasar por la mente. Y digo casi, sólo porque la producción lingüística, según los entendidos, ocurre en el cerebro. De otra manera, se podría afirmar que hay veces que las sacamos desde la laringe solamente.
Así aparecen las frases del principio –estamos gestionando, estamos trabajando en eso, somos una institución que gestiona beneficios para “nosotros” y para la comunidad, entre otros –que de tan populares parecen ser producidos en masa en todas las laringes sin ningún tipo de paso por el cerebro, principalmente entre nosotros los latinoamericanos, según mi amigo el antropólogo.Sí, él dice que por esas repeticiones de frases inherentes a nuestra idiosincrasia, es que nosotros decimos: “sí, sí, te llamo”, cuando queremos decir que no lo vamos a llamar nunca o no nos gusta la idea que nos presentó y no nos dan las agallas para decírselo; o “mañana voy” o “vení mañana” cuando queremos decir que no queremos volver a verlo ni mañana ni pasado ni en ningún lugar; o “en la semana hablamos” cuando en realidad queremos sacarnos al tipo de encima; o “vamos a organizar algo” cuando queremos decirle al otro que compre la carne, haga el asado, haga la ensalada, ponga la casa, te invite y nosotros llevamos el vinito; o al ser requeridos para presentar alguna solución a algún problema decimos “estamos gestionando un proyecto sobre eso”, cuando la verdad es que no nos animamos a decir que no nos interesa el tema porque no afecta a los cinco gatos locos que representamos, y ese problema no es nuestro, y no nos incumbe, porque además nunca nadie nos dio pelota en todos los 40 años de existencia de la institución, pero ya estamos trabajando en eso, todos están interesados en resolverlo, cualquier cosa me comunico con ustedes mañana y les explico, o llamen cuando quieran y hablamos, pero seguro eh, mirá que acá no prometemos de valde como los políticos.

sábado, 31 de octubre de 2009

Ingeniero en Todología

Es impresionante notar cómo el argentino ha sabido instruirse en prácticamente todos los temas que acaecen a la humanidad, en tan sólo 200 años de historia de independencia de su país.
Su instrucción es tal que puede disertar por horas sobre gastronomía regional, nacional, internacional y mundial, dando pinceladas de historia americana para explicar la diferencia entre el origen del dulce de leche argentino y la cajeta mexicana; el café tomado en Colombia y el Caribe, el servido por las sucursales Starbucks, y el consumido en Francia e Italia; y además puede detallar cómo el brasileño cocina su churrasco, el uruguayo su asado con cuero, y el argentino su parrillada.
Al hacerlo, obviamente, sugiere condimentos y sazones de acuerdo a cualquier tipo de pregunta que tengan sus interlocutores, ya sean estos simples amas de casa o chefs profesionales, y ante la duda sobre algún detalle dado por él, se detiene para disiparla y a la vez argumenta sobre la filosofía que hizo saltar tal cuestionamiento en la mente de los que le escuchan.
Puede hablar sobre las emociones que envuelven a los seres humanos durante la charla o en estos tiempos de modernidad tecnológica y comunicacional, mientras discurre en las sensaciones producidas en el espíritu ciudadano por las desavenencias causadas por la práctica de una política corrupta, y al notar que un par de escuchas hablan entre sí sobre un caño del baño trancado, interrumpe pacientemente la oratoria original para explicar la mejor manera de destrabar la cañería con soda cáustica, algún cable-pasador, alambre, o en casos extremos con ácido muriático. Claro, también sugiere en qué momento del día hacerlo para que resulte mejor para todos, y aconseja no realizar nada sin consultar a la gente que sabe.
Pero, quizás lo más sorprendente de la intelectualidad de un argentino es la tranquilidad y seguridad con que se explaya sobre cualquier temática y en cualquier circunstancia. No hay manera que pueda intranquilizarse, ni siquiera si entre los que le escuchan está Gabriel García Márquez mientras él expone sobre “Cien años de soledad” y las características de la literatura latinoamericana contemporánea. Y no siente ningún tipo de reparo para sugerir alguna corrección en una nueva herramienta informática a Steve Jobs, al que encontró de casualidad en un vuelo a New York. Imagínese entonces la serenidad con la que aconseja a una madre a cómo comportarse durante su tercer parto, o cómo cocinar un asado, lavar ropa blanca, educar a los hijos, limpiar la caca del perro en la alfombra, o darle el remedio para los gases.
Sin embargo, increíblemente, lo que más resalta en la personalidad de un argentino es su afamada humildad, que lo hace inclusive más superior, ya que al tratar con él esta cuestión de saber sobre todos los temas, simplemente dice que lo único que hace es mantenerse informado y mantener la cultura general que obtuvo de sus padres y la escuela de antes, y que por eso Internet para él es lo mejor que pudiera haberse inventado.
¿Cuál es la profesión del argentino? Cualquiera. Esto no impide su preparación. Puede encontrarlo manejando un taxi y explicando las fallas de las leyes de su país, o puede hallarlo hablando de los errores de la formación de la selección de fútbol mientras repara la turbina de un 747; pero la carrera que eligió, como todos sus compatriotas, es ingeniería en todología, aunque sólo cursó los primeros dos años, porque los profesores no supieron proveer la contención apropiada para su capacidad intelectual.
Quizás por sentirse de la misma manera incomprendido, en estos 200 años de su historia, fue muy difícil para el argentino lograr resultados similares a los otros mediocres ciudadanos del mundo, que necesitan pedir ayuda a sus compañeros de equipo para no ahogarse en una cucharita de agua.

lunes, 12 de octubre de 2009

La famosa cola de paja




¡Qué terrible! Yo nunca dije ni diría algo así. Nunca insulté a nadie ni hablé sin saber del caso, y mucho menos en público. Jamás puse en duda la integridad y la buena imagen de algún vecino ni de alguna autoridad.
Es más, puedo asegurarles que mi familia se destaca en este pueblo por no difamar ni acusar a nadie, ¿leyeron bien?, a nadie, porque hemos aprendido que todos somos seres humanos, sí todos, sin excepción: mi familiar, mi amigo, mi enemigo, mi vecino, el intendente y el gobernador, todos, y todos tenemos familias y sentimientos, y tenemos que responder ante ellos las acusaciones de las que nos hacen cargo.
Hay que repudiar este tipo de sinsentido. Yo jamás me senté a hablar del que vive al lado ni dije nada en contra de mi suegra, ni mis colegas. No, no, no, eso es muy, pero malo, y totalmente inaceptable. Y, como dije anteriormente, menos que menos decirlo en público o por una radio. ¡Qué barbaridad!
¿A quién se le ocurriría, por ejemplo, ocupar una radio para defenestrar a una concejal, hasta el punto que tenga que llamar su hija adolescente para taparle la boca al que hablaba diciéndole que lo que dice es mentira y que hablaba sin pruebas, y que estaban haciendo mal a toda la familia?, ¿o inventar información para crear confusión o alentar a la protesta, u ocupar un programa entero para poner en duda la integridad de un funcionario público? No, no, a nadie, ¡cómo puede ser! Acá se respeta la información, y no se dice nada, de nada, sin pruebas, es más nunca escuché por ninguna radio a algún director de alguna cámara, por ejemplo, llamar para desmentir alguna información errónea sobre su gestión y un evento, porque primero se corroboran los datos fehacientemente para después decirlo. ¡Eso es ser un comunicador social!, ¡eso es chequear fuentes para no inventar confundiendo a la comunidad, por complejo de inferioridad, o por no estar invitados!
¡Esos son los ejemplos a seguir por todos y por los chicos que hoy nos escuchan, y a quienes algunos después critican!
¿A quién siquiera se le pasa por la cabeza decir algo para hacer dudar sobre alguien? ¡No, no! El que hace eso no tiene perdón de Dios. ¡Por favor! Yo nunca haría eso. Yo ni siquiera hablo de mi vecina, cuando tomo mate en el patio de casa, porque ella es una persona como yo, con imagen y con familia.
Por eso me encantan todas las radios locales que siguen con mucha profesionalidad su trabajo, y exigen que el que sale al aire a dar su opinión se identifique totalmente y diga donde vive, para que se haga cargo de lo que dice. ¡Eso es profesionalismo!, ¡eso es dar ejemplo de responsabilidad, y con hechos, no con palabras!
Además, me agrada y me complace mucho el ejemplo de nuestras autoridades que nunca acusan ni utilizan epítetos para referirse a sus pares de otros partidos, o para llamar al intendente o al gobernador de bruto, ladrón, corrupto, malviviente, estafador, y mucho menos llamar a una radio para decirlo. ¡No, señores! Eso no ocurre acá en Iguazú.
Yo soy un orgulloso vecino de esta ciudad, en donde reina el ejemplo de la verdad y la sinceridad, en cualquiera de los ámbitos, porque entendemos a cabalidad, por nuestra óptima preparación académica que, al fin y al cabo, somos todos seres humanos cualquiera sea nuestra profesión y donde quiera que estemos.

domingo, 4 de octubre de 2009

Bronca trágica en la Triple Frontera

La columna de humo se veía de lejos. Negra, intensa, espeluznante. Se veía inclusive desde la zona hotelera del kilómetro 5, desde donde vecinos y turistas dirigían la vista sin poder descifrar en dónde exactamente ocurría el incendio, que a esa distancia parecía ya sin precedentes en Iguazú.
Fue la primera vez que el cuerpo entero de Bomberos trabajó sin descanso por más de ocho horas con todos los voluntarios de Emergentología, para apaciguar las feroces lenguas de fuego que abrazaban todo el edificio. No había forma de ingresar al lugar para salvar a las víctimas, que para cuando llegaron los voluntarios, sumaban a cerca de cien en boca de los curiosos que siempre se adelantan a los cuerpos de ayuda.
En el lugar, detrás de la muralla hirviente, se escuchaban gritos desgarradores que desesperaban a los que intentaban hasta el heroísmo llegar hasta las voces para salvar al menos una de ellas. Uno de los bomberos falleció en el intento, cuando manejando una de las mangueras muy cerca del perímetro del fuego, escuchó el pedido de auxilio de una de las empleadas del hotel, y su corazón saltó hacia ella atravesando la columna caliente. Solamente cuando logró verla sofocada, perdida en el grueso humo, notó que el rostro se le incendiaba con un calor insoportable al igual que su espalda, por haber reaccionado con demasiado corazón y sin nada de uniforme de combate. Durante las pericias hechas después, se lo encontró calcinado cubriendo a la empleada, que murió sin aire pero sin ninguna quemadura.
Para ese entonces ya habían llegado las ambulancias y unidades de apoyo de Puerto Libertad, Puerto Esperanza, Wanda, Andresito, y efectivos de todas las fuerzas con asiento en Iguazú, que actuaban por instinto ayudando en donde sea y como sea, y hasta donde las reservas de agua alcanzaran. Así fue como, al descubrir que ni el agua de las perforaciones de hoteles aledaños ni la traída por vecinos lograba reducir al mínimo la fuerza de las llamas, se dedujo que el siniestro había sido provocado, y que el sistema antiincendio del hotel no funcionó por alguna razón.
Entonces, como una idea desesperada, y a la orden del jefe de bomberos de Iguazú, se logró colocar en la zona más cercana del río Iguazú un generador con una bomba que proveyera del agua necesaria para al menos mitigar el fuego hasta que consumiera todo lo consumible.
El apremio era tal que bomberos y voluntarios trabajaban temblando, y más al conocerse que se había declarado estado de emergencia municipal y provincial por la cantidad de víctimas que se encontraban encerradas en el edificio de más de seis pisos. Increíblemente, las críticas que empezaban a recrudecer en contra de todo organismo oficial por no prever este tipo de situaciones, empezaron a menguar y brotó de la nada la solidaridad, inclusive de paraguayos y brasileños, que cruzaban en lanchas y canoas desde sus orillas, sin que Prefectura y Migraciones hicieran caso de la cantidad de extranjeros que ingresaban, mientras que los aduaneros que quisieron revisar a los voluntarios extranjeros recibieron tal reprimenda de los iguazuenses, que por primera vez demostraron vergüenza y abandonaron sus puestos sin decir nada.
Se escuchó decir a los jefes de los cinco cuerpos de bomberos que el perímetro de fuego intenso era de 240 metros aproximadamente y que en un área mayor que esta se podría ingresar para contrarrestar el fuego desde allí con algunos pocos bomberos bien uniformados.
Así fue como un grupo elite se preparó con máscaras y todo el equipo de combate, y entró al pulmón a metros del foco principal. Su principal objetivo era acercar los enormes matafuegos y luchar en los lugares de más intensidad, a la vez que sus compañeros luchaban desde afuera para controlar que el fuego no se propagara a otros lugares. Algunos de ellos contaron después que la primera visión del lugar era abrumadora, sólo se veía la silueta del edificio entre un humo gris oscuro, hediondo, y los gritos de algunos que saltaban al vacío desde los pisos superiores hizo tambalear la concentración con un frío repentino en la zona de la espina dorsal.
Estando en ese momento fue que el oficial Rodríguez, contó después que todo pasó, en la reunión con los agentes de las fuerzas a cargo de la investigación, que vio la figura de un hombre en uno de los balcones del frente del edificio, que no aparentaba ningún tipo de desesperación sino que apoyado con ambos brazos en la baranda, miraba fijamente hacia donde estaban los autobombas y el grupo elite, como si no sintiese nada del calor a su alrededor ni fuese conciente de lo que ocurría.
Rodríguez revolvió varias veces esta visión, que no le dejó dormir por mucho tiempo, y se lo había contado a su amigo y compañero Morel hasta el cansancio, y ninguno de los dos lograba interpretar si fue real o fruto de su imaginación y adrenalina.
El resultado del siniestro fue horripilante. Después de dieciséis horas continuas de arduo trabajo, con mangueras de todo tipo, más de mil voluntarios, preparados y no, que acarreaban de a uno los baldes de agua hasta la zanja que cavaban los demás en la zona descampada, ayudaban a mantener fijas las más de cincuenta mangueras, traían agua para tomar a los que asistían a las víctimas que lograban escapar de las interminables lenguas del furioso dragón, ponían a disposición sus autos, motos, y cuanto móvil había para trasladar a los de gravedad, y el incondicional apoyo de los extranjeros con comestibles y mano de obra voluntaria, el informe oficial dio a conocer ciento setenta y dos víctimas fatales, una de ellas el bombero que saltó para salvar a la empleada, y más de cincuenta heridos de gravedad. Todos, excepto el oficial, eran empleados del hotel. El edificio debía ser derrumbado. Quedó inutilizable.
Dos semanas después, la causa del incendio aún se investigaba. Con el dato de las pericias hasta el momento se deducía que fue provocado y aun planificado, para que el fuego se iniciara desde afuera hacia dentro para que nadie escape. No había ninguna clave cierta hasta esa reunión en donde Rodríguez contó nuevamente su visión, y fue escuchado por uno de los sobrevivientes, que a su vez se animó a decir que cuando corría por uno de los pasillos, también vio al hombre de espaldas por la puerta abierta de la habitación ciento dos, que por el humo no pudo distinguirlo pero sospechaba que fuera Ramos de mantenimiento, y que al gritarle que escapara con él, el hombre ni se inmutó.
El número de habitación llamó la atención a uno de los compañeros de Rodríguez, que recordó haber sacado de ella, además del hombre calcinado, un cofre cilíndrico de acero inoxidable, que por estar herméticamente cerrado lo guardó en el depósito del cuartel para abrirlo otro día.
Unas horas después de la reunión, el cofre reveló la identidad de Eber Ramos, de 32 años de edad, técnico electromecánico, encargado del área de electricidad del sector de mantenimiento, ingresado al hotel cinco años atrás. Además, todos los planos de los circuitos eléctricos del hotel, copias de los planos de construcción, del plan de contingencia, del sistema de aspersión antiincendio, y más de veinticinco notas enviadas y con acuse de recibo al supervisor, al jefe de área, al gerente de recursos humanos, al gerente comercial, y al gerente general –todos ellos víctimas –solicitando la regularización y blanqueo del cien por ciento de su sueldo, y un pormenorizado relato de los trabajos hechos y resueltos por él sin ser responsable directo de los inconvenientes de mantenimiento del hotel.

lunes, 28 de septiembre de 2009

El argentino y sus derechos

Por mucho tiempo la humanidad buscó mediar entre los derechos de uno y de otro. Buscó la manera de que todo sea igual para todos, o similar para todos. Pero en esa búsqueda, casi siempre fracasa, para no decir que fracasa siempre, porque siempre falta cinco para el peso.
Para los que creen en la evolución, aquello que los medio-humanos-medio-monos hacían para conquistar un territorio o a una mujer –tirando piedras, pegando con el garrote, y agarrándose a las piñas –era una costumbre que el hombre (masculino o macho) adquiría al nacer, porque tenía un pilín. Y la mujer también tenía derechos adquiridos, pero sólo que los adquiría un poquito después de nacer: tenía derecho a permanecer callada, derecho a tener un hombre, y derechos los dos ojos después de la derecha que le metía el que le conquistó y le dio automáticamente el derecho a andar derechito antes de hacerle adquirir otra derecha.
Algunos piensan que los derechos nacieron recién en la época moderna. ¡No, señores! ¡No sean ignaros! Hay que saber para hablar. Los derechos nacieron con el mundo. Adán era derecho y Eva andaba derecho cuando veía algún mono medio hombre que le mostraba el garrote bien derechito.
Por ignorar este génesis es que creo que los argentinos fracasamos a la hora de tratar nuestros derechos, hoy más conocidos como derechos humanos –algo que considero el primer error del tratamiento, porque siempre los zurdos terminamos siendo discriminados. Ojo, hablo de los que utilizamos con más destreza la mano izquierda, no de los famosos zurdos políticos argentinos que demostraron que de la inteligencia de los zurdos no tienen nada. Y volviendo al tema, me pregunto: ¿por qué los privilegios y los atributos se llaman derechos humanos?, ¿por qué no se llaman zurdos humanos? ¿O en todo caso ambidiestros humanos? ¡Esto es lo que primeramente deberíamos cambiar! Creo que la mejor opción es la última, para que sea igual para todos, como descubrieron los norteamericanos.
¡Estos sí que se metieron en un lío! Y en un lío bien plofundo y caulaloso, como en el Lío que se tiene que comer Maradona en la selección, o algo así. Lo digo porque los gringos, como no tenían con quién pelearse en otra parte del mundo como hoy, se pelearon entre ellos por culpa de los derechos humanos de los negros, que en aquél momento le estaban haciendo perder guita a los industriales de los estados del norte, por brindar su excelente mano de obra por unos pocos centavitos a los hacendados de los campos del sur, que gastaban a los del norte diciéndoles: “yo con un caballo, un negro, y una guacha, gano el quíntuple de lo que vos ganás con mil inmigrantes de Europa y tus maquinitas”.
Así que se imaginan las venas de los del norte cuando fueron a hablarle a Mister Abraham Lincoln, que sería algo así como la Cris, pero en una edición un poco más sofisticada y modesta a la vez, lo digo por la similitud del lío aquél con el que tiene que lidiar hoy la presi, entre los negros y el campo, digo, y no tanto por ser parecida al estupendo estadista yankee, que con unos cuantos muertos de las dos partes creyó resolver el problema, que un poco (bastante) después un negrito llamado Martin Luther King hizo ver que no estaba nada resuelto.
Claro, los del norte que tanto pelearon a favor de la abolición de la esclavitud y los derechos de los negros se la vieron negra cuando le cayeron desde el sur los más de un millón de negros a golpearles la puerta para pedirle laburo, comida, casa –con patio, obvio –y la mano de una de las gringuitas, que tampoco sabían qué hacer con tanto famoso negro para elegir.
Entonces, los del norte entendieron que el tema este de los derechos humanos no es tan así no más, y que nos es que hay que dejar libres a los negros que hagan lo que quieran y listo, sino que después hay que proveerles de todo y para todos.
Así fue como en los Estados Unidos, en ese momento sí unidos en serio después de haberse cagado a tiros un buen rato, nacieron los baños para blancos y para negros, restaurantes para blancos y para negros, escuelas para blancos y para negros, barrios para blancos y para negros, vagones en los trenes para blancos y otros para negros, filas para comprar pasajes para blancos y para negros. Y claro, qué se creen ustedes, eran vanguardistas los yankees allá por los 1870-80-90, descubrieron la fórmula de darles el mismo derecho a todos los sin color y a los con color.
Pero, acá llegó otro problema: ese tal Luther King empezó a avivar a los negros. Y antes que lo bajen de un tiro, llegó a decir ese discursito cursi de “yo tuve un sueño de un país en donde todos comen en el mismo lugar, y van al baño juntos sin importar el color” y esos delirios de negro, y les avivó tanto, como lo hizo una tal Eva Duarte acá, que todos se dieron cuenta que los baños para blancos tenían acolchonadito el asiento del inodoro, un lindo perfumito, un espejo grande, azulejos de color con pececitos, jacuzzi, teléfono, cable tv con un plasma, y Wi Fi; mientras que el ñoba de la negrada era un 2x2 cerrado con madera de refugo, techo de ruberoy y un agujero en el piso.
Entonces todos los que escucharon a Luther dijeron: “che, este es negro pero no es boludo eeh, y tiene razón, nos dan el mismo derecho de ir de cuerpo sin que nos vean, pero tampoco la pavada”, y ahí empezaron a ir a los restaurantes que se les ocurría, a los cines que se les cantaba la regalada gana, e iban a los teatros que se les antojaba con su fasito, la birra en una botella de plástico cortada a la mitad, y con Akon y Puff Daddy a todo volumen en el caballo.
Y, se armó la hecatombe, imagínense, los carapálida pedían a los gritos a la policía que saque a esa gentuza de esos lugares, porque era imposible entender la letra de Les Miserables con el Mp7 de los negros a todo lo que da y la luz de láser de los llaveritos dirigida a las partes privadas de los actores.
Así que, como ni la policía podía andar pegando a los negros todo el día, que por la avivada mayor de Luther no reaccionaban ante ningún ataque, ni se podían ocultar los privilegios de los carapálida, entre todos decidieron mejorarle un poco la situación de los de colorcito más oscuro: hicieron los baños un poco más grandes para que los usen los que quisieran, y dejaron los azulejos y el espejo, pero en vez de Wi Fi pusieron banda ancha, y sin cable; los barrios se hicieron de ladrillos y cemento, pero los blanquitos prefirieron quedarse en sus casas, así que los negritos se fueron a vivir todos juntos; los restaurantes también cambiaron, dejaron entrar a todos, pero no servían chegusan de milanga y la birra de litro subió de 0,75 centavos a 20 pesitos en una semana, pero lo bueno es que esto provocó la creación de los carritos tan acogedores que después se transformaron en los MacDonald´s y los Buger Kings, que son a la vez la alternativa para los negros que quieren comer un sánguche con aire acondicionado. (Les aseguro que cualquier similitud con la actualidad nacional es pura casualidad)
Así pasaron muchos años de buena paz, hasta que algunos negros antes que otros, tuvieron acceso a Wi Fi y Direct TV, no se perdían un programa de Showmatch y empezaron a entrar a las páginas virtuales del gobierno, que cuando escuchó que le pedían los mismos derechos que los demás, por la experiencia anterior, no se los dieron así no más, sino que les piden algo a cambio, como por ejemplo: te doy fútbol de primera en cuatro canales, una casita de material, y vos, en vez de vender churritos vegetales o ladrillitos blancos, tenés que pegar afiches y repartir folletos cada cinco años, colgar pasacalles cada dos y escuchar a cada rato el mismo discurso de Luther, pero un poquito cambiado.
Y bueno, de a poquito vamos teniendo los mismos derechos. Algo es algo. ¿O quieren algo más? ¡Qué increíble! Siempre les falta cinco para el peso.